Hola amigos, aquí les dejo un cuento, espero que les guste.
Había una vez un pequeño pueblo asentado al pie de una gran montaña, y los habitantes de este pueblo tenían la gran dicha de estar siempre alegres y felices, podías recorrer sus intrincadas calles y siempre encontrar la felicidad en el rostro de algún habitante distraído en sus quehaceres, o simplemente seguir las risas de los niños que salían por las ventanas y rendijas de las casas, que más que casas parecían instrumentos musicales que llenaban en aire con la ternura de las risas de los niños.
En aquel pueblo hasta la montaña te hacía sonreír, era tan alta que parecía que tocaba el cielo, y en la cima las nubes la adornaban, dándole la figura pintoresca de un abuelo con un gran bigote blanco.
Era muy bonito vivir ahí y los habitantes sentían que vivían en el lugar más perfecto del mundo, sobre todo cuando veían que sus relojes de cucú marcaban la hora especial, un momento en el día donde todos podían soñar despiertos y los sentimientos más sinceros podían salir de sus corazones y convertirse en realidad, pero para que esto sucediera tenían una máquina un poco peculiar, era una máquina mágica de algodón de azúcar que estaba en la tienda del repostero del pueblo, que cuentan, que fue tan grande sus deseos de alegrar las caras de los niños con sus dulces, que la máquina de algodón de azúcar se volvió mágica, y desde entonces una vez al día producía un rico algodón de azúcar que al comerlos te hacía soñar despierto y convertía en realidad los sentimientos más sinceros de las personas.
Todos los días, a la hora correcta, cuando los cucús tocaban al unísono, todos los habitantes del pueblo hacían una larga fila con la expectativa en su rostro esperando su sueño mágico.
Un día, después que la hija de la florista comió su algodón de azúcar y sintiera el aroma a rosas que siempre traía en su madre en la ropa cuando llegaba del trabajo y de que el hijo del pescador comiera también su algodón y sintiera la espuma de las olas en su rostro y los peces haciéndole cosquillas en los pies, era el turno del hijo del pastor de ovejas que vivía en la montaña, cuyo pasatiempo favorito era tumbarse en la hierba fresca y húmeda de la montaña mientras miraba por horas las hermosas nubes, sintiéndose ligero y libres como ellas.
Ese día el niño tenía tantos deseos de sentir las nubes que mientras la máquina tejía las finas hebras de su algodón, este despertó convertido en una nube dulce de algodón de azúcar, y aprovechando las caprichosas brisas del viento, se alzó en el aire dispuesta a reunirse con sus semejantes de la montaña.
El niño, al ver esto, se quedó inmóvil viendo como su deseo se alzaba en el aire y con él, el único momento en el día donde podía sentirse libre como una nube, entonces bajando la mirada, después de unos segundos, su pierna casi sin fuerza le dio un pequeño golpe a la máquina, y como la magia puede surgir de los sentimientos más sinceros, también puede ser destruida por ellos, y haciendo un chirrido muy fuerte quedó descompuesta.
El repostero, al ver lo que había sucedido, con una vos serena y gentil, se dirigió a los habitantes y les dijo:
- No se preocupen, la repararé y mañana estará como nueva.
Esa noche nadie pudo dormir, todos querías que llegara el amanecer lo más pronto posible, para poder ir donde el repostero. Al día siguiente, como siempre, a la hora perfecta, cuando los cucús sonaron y marcaron la hora mágica, todos se reunieron como siempre e hicieron una larga fila para probar el algodón de azúcar, pero para sorpresa de todos, aunque el repostero había arreglado la máquina, ya sus algodones no eran mágicos, por lo que un mar de caras tristes inundó el pueblo.
Cuando el hijo del pastor de ovejas probó su algodón y se dio cuenta de que habían dejado de ser mágicos, se sintió culpable por haber descompuesto la máquina, y partió al único lugar que lo hacía sentir libre como una nube, así que subió a la montaña y se dejó caer en el pasto fresco y húmedo de esta, pero desde allí , podía ver la tristeza de las personas del pueblo con sus caras tristes y su desánimo.
Entonces, una lágrima que salió de sus ojos fue alcanzada por un curioso rayo de sol e hizo que esta brillara como lo hace un faro en una noche oscura, y la nube de algodón de azúcar que ahora adornaba la montaña miró al niño, y se sintió tan triste que lloró, y todos saben que cuando una nube llora entonces también llueve, y como la magia puede surgir de los sentimientos más sinceros la lluvia se llenó de magia e inundó el pueblo haciendo que todos volvieran a soñar despiertos, y desde entonces todos en el pueblo están felices, porque cada vez que la nube ve a alguien triste, llora, y todos saben que cuando una nube llora entonces llueve.