Una introducción necesaria
Esta es la primera vez que hago una fábula y, además, me atreví a hacerla en décimas, una manifestación literaria que mucho me gusta.
El tema escogido fue la destrucción de la naturaleza, a partir de mi labor como profesor de Geografía.
Espero que les guste.
Título: El río que aprendió a callar

En lo profundo del valle
corría un río sereno,
de espíritu limpio y bueno,
que nunca negaba el talle
a pez, flor, ave o detalle
que buscara su frescura.
Era espejo de ternura,
camino azul de la vida,
voz clara, jamás vencida
por sombra, ruido o locura.
Pero un día, en la ribera,
llegó un grupo de humanos.
Traían planos, gusanos
de hierro, furia ligera.
La tierra quedó prisionera
bajo golpes de cemento.
El río sintió el tormento
de aceites y desperdicios,
y vio, con hondos suplicios,
morir su antiguo contento.
Los peces, antes danzantes,
flotaban sin movimiento.
El agua, en su sufrimiento,
clamaba por sus amantes.
Los árboles, vigilantes,
temblaban ante el horror.
Un colibrí, con fervor,
le dijo al río: “Resiste.
No dejes que todo triste
se vuelva tu antiguo color”.
Mas el río, ya cansado,
decidió guardar silencio.
“Si no escuchan mi comienzo,
oirán mi final marcado”.
Y en un gesto resignado,
se secó poco a poquito.
El valle quedó marchito,
sin canto, frescor ni brisa.
La vida, que fue sumisa,
se volvió polvo infinito.
Cuando al fin los destructores
vieron el valle apagado,
comprendieron su pecado
y lloraron sus errores.
Sembraron nuevos colores,
limpiaron cada sendero.
El río, noble y sincero,
volvió a brotar lentamente.
Y aprendió cada viviente
que el daño nunca es ligero.
Nota: La imagen es de mi propiedad.