-La primera detonación nuclear fue en Israel -contaba Pablo mientras caminaba abriéndose paso con un machete-. Una explosión de dos kilotones en una ferretería de Erez acabó con la Extensión Suroeste y devastó el Norte de Gaza…
-Dicen que fue un autoataque para justificar la guerra a gran escala – agregó su sobrino Gabriel, caminando detrás de él.
-Aunque muchos afirmaron eso, nunca pudo comprobarse. Lo cierto es que la Guerra Final empezó poco después y el NEJ comenzó la famosa reconstrucción del Templo que enardeció a los musulmanes…
La columna avanzaba entre lo que quedó de una avenida que dominaba la ciudad. Montaña abajo, podía verse el valle que alguna vez albergó seis millones de almas y ahora engullía los restos de una capital en ruinas. Mientras caminaba repetía a los jóvenes la poca historia que pudo reconstruir consultando a los ancianos y leyendo las cartas de su padre. “El futuro empieza en la memoria y la historia se repite en el olvido”, escribió en una de ellas.
Pero aquella expedición poco tenía que ver con contar historias, aunque mucho con la memoria como medicina para su pueblo. Veinticinco años después de los ataques nucleares que desataron la Guerra Final, sus horrores tocaron las puertas del remoto Refugio Sur donde creció, ajeno a la destrucción y la barbarie. Nunca olvidará la mañana cuando conversaciones, risas y tareas cotidianas se interrumpieron ante la llegada de un hombre muy enfermo al camino de entrada. Su piel, llena de úlceras y ampollas resultaba repulsiva y su rostro tenía la expresión de quien ha lidiado con fuertes dolores por demasiado tiempo. Murió al día siguiente, pese a atenciones y cuidados. Lo sepultaron y la vida siguió su curso; pero cinco años después quienes lo trataron empezaron a manifestar sus síntomas y al poco tiempo la mitad el pueblo padecía el extraño mal. Pablo había escuchado a expedicionarios contar sobre ciudades y países arrasados por armas bacteriológicas, pero jamás habría pensado que esas historias lejanas alcanzarían a su pacífica gente.
-¡Miren, allá arriba! - Una joven señaló una especie de cabina colgada de un cable, detenida sobre la montaña.
-Estamos cerca, ¡sigamos! – Dijo Pablo, recordando las historias de su padre sobre El Teleférico y su ubicación privilegiada.
La antigua avenida descendió para adentrarse en el valle, al atardecer ya caminaban entre calles y edificios conquistados por la maleza y los árboles. Un cartel de esquina oxidado, pero aún legible, le confirmaba la ruta: “San José”.
-¡Lo encontramos, Señor! Tenía razón, allí estaba – Pedro, explorador de avanzada y su discípulo más despierto, llegó corriendo con las buenas noticias.
A trescientos metros, en el lugar que supuso gracias a las cartas de su padre, estaba el libro con el que curarían a sus enfermos: “El Mal de Hansen”. sobre el título, el nombre del autor: Jacinto Convit.
-Prepara una avanzada ligera para el amanecer y llévalo al Sur con Los Sanadores – dijo a Pedro, antes de dejar escapar una lágrima.
Saludos, Hiveanos. Esta es mi participación en el Concurso de micro relatos de ciencia ficción de la Comunidad Literatos. Si te pica la curiosidad o te animas a participar, podrás encontrar más información sobre sus bases AQUÍ. Espero que les guste esta historia, con la que quise homenajear al más importante científico venezolano del siglo XX (quizás de toda nuestra historia). Si quieres saber un poco más sobre su vida e invaluable aporte a la humanidad, puedes leer aquí. Hasta la próxima.
-Dicen que fue un autoataque para justificar la guerra a gran escala – agregó su sobrino Gabriel, caminando detrás de él.
-Aunque muchos afirmaron eso, nunca pudo comprobarse. Lo cierto es que la Guerra Final empezó poco después y el NEJ comenzó la famosa reconstrucción del Templo que enardeció a los musulmanes…
La columna avanzaba entre lo que quedó de una avenida que dominaba la ciudad. Montaña abajo, podía verse el valle que alguna vez albergó seis millones de almas y ahora engullía los restos de una capital en ruinas. Mientras caminaba repetía a los jóvenes la poca historia que pudo reconstruir consultando a los ancianos y leyendo las cartas de su padre. “El futuro empieza en la memoria y la historia se repite en el olvido”, escribió en una de ellas.
Pero aquella expedición poco tenía que ver con contar historias, aunque mucho con la memoria como medicina para su pueblo. Veinticinco años después de los ataques nucleares que desataron la Guerra Final, sus horrores tocaron las puertas del remoto Refugio Sur donde creció, ajeno a la destrucción y la barbarie. Nunca olvidará la mañana cuando conversaciones, risas y tareas cotidianas se interrumpieron ante la llegada de un hombre muy enfermo al camino de entrada. Su piel, llena de úlceras y ampollas resultaba repulsiva y su rostro tenía la expresión de quien ha lidiado con fuertes dolores por demasiado tiempo. Murió al día siguiente, pese a atenciones y cuidados. Lo sepultaron y la vida siguió su curso; pero cinco años después quienes lo trataron empezaron a manifestar sus síntomas y al poco tiempo la mitad el pueblo padecía el extraño mal. Pablo había escuchado a expedicionarios contar sobre ciudades y países arrasados por armas bacteriológicas, pero jamás habría pensado que esas historias lejanas alcanzarían a su pacífica gente.
-¡Miren, allá arriba! - Una joven señaló una especie de cabina colgada de un cable, detenida sobre la montaña.
-Estamos cerca, ¡sigamos! – Dijo Pablo, recordando las historias de su padre sobre El Teleférico y su ubicación privilegiada.
La antigua avenida descendió para adentrarse en el valle, al atardecer ya caminaban entre calles y edificios conquistados por la maleza y los árboles. Un cartel de esquina oxidado, pero aún legible, le confirmaba la ruta: “San José”.
-¡Lo encontramos, Señor! Tenía razón, allí estaba – Pedro, explorador de avanzada y su discípulo más despierto, llegó corriendo con las buenas noticias.
A trescientos metros, en el lugar que supuso gracias a las cartas de su padre, estaba el libro con el que curarían a sus enfermos: “El Mal de Hansen”. sobre el título, el nombre del autor: Jacinto Convit.
-Prepara una avanzada ligera para el amanecer y llévalo al Sur con Los Sanadores – dijo a Pedro, antes de dejar escapar una lágrima.
Saludos, Hiveanos. Esta es mi participación en el Concurso de micro relatos de ciencia ficción de la Comunidad Literatos. Si te pica la curiosidad o te animas a participar, podrás encontrar más información sobre sus bases AQUÍ. Espero que les guste esta historia, con la que quise homenajear al más importante científico venezolano del siglo XX (quizás de toda nuestra historia). Si quieres saber un poco más sobre su vida e invaluable aporte a la humanidad, puedes leer aquí. Hasta la próxima.