Nota de la autora: El presente relato está inspirado en el discurso de Elizabeth Swann, en el film Piratas del Caribe 3. Quizás no refleje una aventura como tal, pero al menos resumo lo que podría ser los pensamientos de un personaje en su aventura final como pirata, a punto de entrar en una monstruosa batalla naval que quizás nunca se refleje en los libros de historia, pero que haría eco en la memoria de las generaciones por venir.
Sin mayor preámbulo, pues, les presento mi historia. ¡Feliz lectura!
Fuente de la imagen: Wikipedia
Era una mañana de 1718 cuando el Lucky Jack se encontraba en medio de una tormenta huracanada.
La capitana Elizabeth Morgan, de 38 años, contempló los cielos monstruosos, creaciones de la Gran Madre, con una mezcla de indiferencia y resignación desde uno de los costados del barco. Tras ella, su tripulación se preparaba para lo que sería una de las grandes batallas navales jamás vistas en la historia, aunque Elizabeth estaba segura de que ello jamás aparecerá en los libros de historia.
Cinco años atrás estaba ella en 2022, con la vida bastante complicada en todos los ámbitos. Trabajaba en un ambiente laboral tóxico, lidiaba con familiares insufribles y con amigos que la ignoraban al por mayor cuando necesitaba apoyo emocional; estaba endeudada por cuestiones de salud y con el riesgo de ser una sin techo. Todo ello hizo mella en su salud mental; había buscado ayuda profesional para lidiar mejor con sus emociones. Por desgracia, el psicólogo que atendía a su abuela en vida le cambiaba las citas con frecuencia, y los profesionales del área pública dejaban mucho que desear. Aquello la orilló a abandonar las terapias y con ello toda esperanza por vivir en paz.
Por esa razón ella se había acercado al mar en aquella noche estrellada, aprovechando la distracción de sus compañeros, quienes estaban en una fiesta organizada por la empresa en un hotel costero. Iba a enfrentar una muerte solitaria, pero el destino o el collar de su madre quiso que ella viajara en el tiempo y conociera a distintas personas, en su mayoría piratas, intrépidos aventureros y ladrones de los mares. Grandes bebedores cuando no tienen que hacer, grandes luchadores cuando hay una batalla encarnizada.
Por su mente pasaron los recuerdos de aquellos que conoció, los que aún viven y los que fallecieron. A todos los recordó con el cariño y el respeto que cada uno le inspiraba.
Se volvió entonces hacia sus hombres. Éstos esperaban ansiosos su orden; algunos de ellos ya tenían preparadas sus armas. Con lentitud, sacó su espada y, con voz estruendosa, exclamó: "¡Izad los colores y preparad los cañones, caballeros, que hoy nos llevaremos al infierno a esos perros!"
Sus hombres exclamaron emocionados, levantando sus armas en señal de apoyo. A éstos los siguieron las demás tripulaciones, quienes inmediatamente izaron sus banderas. Elizabeth volvió su mirada hacia los barcos enemigos con una sonrisa.
Si hoy he de morir, estoy lista, pensó mientras tomaba el control del timón.
