Nota de la autora: ¡Hola y bonito día tengan todos! El día de hoy me gustaría compartir con ustedes mi participación en el Concurso de poesía organizado por en honor a Marcel Proust, poeta francés cuyo aniversario póstumo se celebra este 18 de noviembre.
Esta vez decidí aprovechar la oportunidad para experimentar con la poesía en prosa, fijándome en el ejemplo de la cita de la memoria interior proporcionado por el equipo de Literatos al momento de salir la convocatoria. Siendo honesta, es la primera vez que escribo poesía en prosa, por lo que he intentado imprimirle de la mejor forma posible el carácter poético requerido por los organizadores. Así mismo, he de reconocer que me costó cierto trabajo redactar este ejercicio, dado que estoy narrando una experiencia personal que tuve hace un par de años.
Si quieres participar en esta hermosa iniciativa, te invito a que hagas click aquí para leer las bases.
¡Que tengas un bonito día!
Fuente de la imagen: Pexels
En una mañana de verano, con el sol apenas asomando por las ventanas del comedor, me senté en la mesa a desayunar; delante de mí había un plato con avena con manzana, misma que había preparado la noche anterior para toda la familia.
Un solo bocado, dulce, cremoso, con los pedazos de manzana adornándole. Un simple bocado ha hecho que de mi interior regresaran los recuerdos de mi abuelo, a quien muchas veces veía desayunar su plato de avena con leche; las lágrimas amenazaron con salir conforme la nostalgia me invadía con cada bocado.
Llegó un momento en el que no podía más; mi corazón se oprimía, mis manos temblaban. En el silencio de las sombras de la mañana que invadían mi breve soledad lloré y lamenté su partida, hace doce años ya, a causa de una enfermedad que los médicos no han querido decirnos, sea por desconocimiento o para ahorrarnos la fatalidad de la noticia.
Una triste sonrisa empezó a formarse en mi rostro conforme evocaba con afecto su carácter firme y severo, toda vez cariñoso y generoso; no faltaban las discusiones que teníamos sobre Marx y el calentamiento global, o las ocasiones en las que la música clásica se escuchara hasta la otra esquina de aquella calle repleta ocupada ahora por los hombres de más allá del norte.
Vivaldi, Beethoven, Dvorak, y Wagner eran su repertorio, con Bach y Gluck como entremés en aquellas tardes de descanso, mientras yo me sentaba a hacer las tareas de la escuela o me iba con mi tutora particular.
Con esfuerzo sobrehumano me controlé ante la vorágine de recuerdos; no quería preguntas ni tampoco las malas caras y los duros cuestionamientos de los demás, que quizás no entenderán jamás lo que implicaba para mí haber recuperado del baúl esta memoria perdida.
Me sequé las lágrimas, evidencia de mi momento de nostalgia. Debía fingir que nada pasaba, como una piedra por fuera, como un inmenso mar tormentoso en el alma. Me sequé las lágrimas, terminé mi desayuno y me levanté para lavar los trastes antes de lanzarme al mundo convulso del hoy.
