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Y de repente recuerdas
que la vida es una ironía
apenas levantas la mirada
hacia los libros que
están al lado tuyo.
No sabes a qué viene ese pensamiento,
pero te das cuenta enseguida
que lo que más deseas en esos
momentos es dedicarte un tiempo
para ti, para tus deseos,
tus necesidades, tus sueños,
tus anhelos, tus ansias
de estar en algún otro lado
que no fuera el de siempre.
Es como si por tus venas
corriera la sangre de aquellos
que quieren ver el mundo
aunque fuera a través de los libros,
de soñar con subirse a los tejados
y contemplar esos paisajes urbanos
que solo alcanzas a ver a través
de los ojos de otros.
Es como si el alma del viajero
siempre estuvo ahí,
buscando el modo de hacerte
llevar una muda de ropa
y salir a ver el mundo,
pero la vida misma se encarga,
como una madre estricta,
que viajar no es para todos.
Te toca, pues, contentarte
con ver las fotografías
de otros que fueron a
esos mismos lugares,
aunque siempre mantienes
en tu interior la esperanza
de que puedas pisar su suelo
algún día.
