No quería aceptarlo. Me negaba a aceptarlo no por miedo, sino porque sé que debo sacrificar muchas cosas para lograrlo. Me niego a aceptarlo, porque algo dentro de mí me impulsa a pensar, a imaginar, a tomar mis cosas y desaparecer.
A suicidarme, si las cosas continuaban así.
No quería aceptar que debo truncar mis sueños solo porque la vida es difícil fuera de las cuatro paredes de mi habitación. ¡No, aún sé que puedo luchar! No... Yo aún no estaba dispuesta a renunciar a ello por un empleo estable, una casa hipotecada, una vida social y sexual casi nula.
No quiero resignarme a truncar mis sueños por todo eso; y sin embargo, muy en el fondo, sé que en cualquier momento he de hacerlo. El hambre quizás, la necesidad de pagar una renta, de tener que tolerar 12 horas de trabajo monótono por una miseria de paga. No, no podía renunciar a mis sueños por ello; no quiero, no puedo. Sé que puedo dar más, sé que puedo dar lo mejor de mí.
Sé que puedo hacerlo, sé que va a requerir sacrificios de mi parte para lograrlo. Porque para mí, los sueños son la única paz mental que me mantienen con vida; el único mundo en donde puedes ser tú mismo sin que te juzguen, sin que te abandonen, sin que tu voz caiga en oídos sordos.
Es difícil, lo sé. Pero si hay algo que a la vida misma le puedo decir con toda honestidad es que aún no.
Fuente de la imagen: Pexels
