Güzelay procuró aguantar las lágrimas mientras caminaba solemnemente por los pasillos del Templo de los Jardines Colgantes de Caliban, una de las lunas más importantes de Urano y en donde se efectuaría su boda con el general Adelbarae Borg, el Carnicero de Neptuno y, a conveniencia del pueblo de dicho planeta, futuro rey de aquél planeta azulado.
Con la cabeza en alto, con dignidad... Con la ansiedad de saber que nuevamente tendría que luchar por su propia vida.
Una y otra vez se recordaba a sí misma que no estaba en la Tierra; que no estaba en su país natal, uno de los lugares más peligrosos para las mujeres. Que no estaba en casa de su familia, a la cual abandonó al no soportar más el ambiente tóxico en el que vivía. Que no estaba en el palacio dorado del emperador, a donde sus captores habían llevado para ser exhibida como res y, posteriormente, casarla con un príncipe cruel y despiadado cuya única obsesión era una insignificante silla.
Que ella ya no estaba sola; que tenía amigos y aliados que vigilarían que Borg no le hiciese daño o la entregase a su marido. Que tenía a un pueblo entero dispuesto a levantarse contra su futuro rey, en quien no solo desconfiaban sino que también no creían que fuera capaz de velar y proteger a nadie, ni siquiera a ella, su nueva reina.
Reina... Un título del cual ella no se consideraba digna y capaz de portar, pero que comprendía bien las implicaciones que conllevaba al aceptar, no sin reservas, una misión complicada luego de esconderse durante una luna y media, o tres años, en su territorio.
Incluyendo la difícil decisión de renunciar a su retorno a la Tierra.
Ilustración elaborada con la IA Satrryai
