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Lo que Nancy tenía claro en ese momento, en lo que intentaba concentrarse en leer su libro en una cafetería, era que la adicción a las pastillas de dormir que padecía una de sus abuelos tenía una fuerza escalofriante.
Su abuela Benita llevaba tomando clonazepam desde hace más de 40 años, y recién su médico de cabecera había ordenado su retiro abrupto debido a que tenía problemas en el hígado. El retiro de esa medicina en particular bien pudo haber sido paulatino, como sugirió Antonieta, una de sus tías. Pero el retiro fue tan abrupto que ahora Benita llevaba dos días con el sueño interrumpido por idas al baño, por no sentirse cómoda en el colchón nuevo y por pensar en mil cosas.
El cansancio, el mal humor, la desesperación por tomar esa pastilla que podía llevarla al mundo de los sueños, y la excusa de que sus huesos son el principal problema de su incomodidad eran algunas de las consecuencias que la familia ha estado enfrentando.
No hace unas horas Nancy le había propuesto a su abuela que podría tomar té de manzanilla y además la mitad de la pastilla. Podrían probar con esa estrategia durante un mes entero, tratar de reducir las dosis a un cuarto de pastilla y después a la nada. El objetivo era la regulación del sueño de forma natural, sin mayor ayuda que un simple té de manzanilla, doce flores o valeriana. Hasta pensó en buscar videos de yoga para adultos mayores, o meditación de cinco o diez minutos de duración.
Se debían agotar todos los recursos disponibles, aunque el ambiente en casa de Benita sea un tanto conflictivo por diversas razones que Nancy optaba por evadir.
Cerró los ojos y suspiró hondamente, intentando dejar ir la impotencia que sentía ante la situación.
