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Una decisión peligrosa
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"Urius, quiero que seas franco conmigo. ¿Qué rayos hiciste esta vez que tengas que recurrir a la nefasta idea de involucrar a una de mis damas de compañía en algo que sabes bien que puede causar hasta una guerra civil?"
El rey levantó la mirada, encontrándose con la de su esposa, Proserpina. Ésta lo miraba con la seriedad de alguien que ya está pensando lo peor. Aquello era una ironía que no pasó desapercibida para el soberano, pues en efecto Livia nunca ha sido de su interés aunque reunía todas las cualidades que solía buscar entre las mujeres cuyos lechos visitaba.
"No es un asunto tan sencillo...", intentó excusarse.
"Urius, desde que te conozco te has metido con cocineras, modistas, taberneras, prostitutas, hasta con las esposas de cinco embajadores. Casi le cuestas a Folka dos relaciones diplomáticas con otros planetas, y créeme que eso no fue tan sencillo en comparación con tus escarceos".
"Bueno, en eso tienes razón, querida, pero..."
"¿Pero qué?"
Urius guardó silencio un momento. El sudor en la frente, el cual apareció de súbito, traicionaba su nerviosismo. Tragando en seco, el soberano murmuró: "No medí los alcances de ese asunto".
Proserpina arqueó una ceja. "¿A qué te refieres con que no mediste sus alcances?"
Urius juntó sus manos. Tras un suspiro y estirando el cuello de su túnica, el hombre se aclaró la garganta y contestó: "Ella salió embarazada. El niño es mío dado que me realicé hace una semana las pruebas de paternidad".
El silencio que siguió a aquella confesión tenía una pesadez tal que Proserpina, sintiendo que sus piernas flaqueaban, tuvo que sentarse. "¿Qué?"
Urius no dijo nada. Proserpina añadió: "¿Es alguien que conozco?"
El hombre asintió.
"¿Quién?", cuestionó Proserpina, temerosa de escuchar la respuesta.
"Prométeme que no me vas a estrellar un jarrón...".
"Urius, ¡¿a quién carajos dejaste embarazada?!"
Con mucho terror en la voz, Urius contestó: "A Ramona, la veterinaria de Bigotito".
Lo que siguió fue una auténtica hecatombe que se escuchó hasta en las cocinas. El rey Urius pegaba unos alaridos de dolor al recibir de su esposa jarrones y chancletazos, él rogando por su vida y ella insultándolo sin parar. Los guardias que custodiaban las puertas del despacho del rey, quienes se sobresaltaron al escuchar los primeros ruidos, sacaron de sus bolsillos unas veladoras y las encendieron.
"Ese compa ya está muerto, no más no le avisaron", murmuró uno de los guardias.
Mientras tanto, en las cocinas, Livia le preguntó a la jefa de cocinas qué estaba sucediendo, a lo que ésta, quien terminaba de decorar un pastel, le respondió: "Creo que el rey metió la pata esta vez hasta el fondo".
