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No es algo nuevo para mí estar en soledad. A ella me acostumbré desde la infancia, cuando me di cuenta que la gente ignora mi voz por más que me esforzase por levantar la voz, ser amable y servicial. A la gente simplemente o no le caigo bien, o le soy tan indiferente que no notan mi ausencia.
Ignoro si esto es una maldición, una bendición o simplemente un sino que me acompañará para toda la eternidad.
Con franqueza diré que poco me importa ya a estas alturas; mi espíritu parece impulsarme a ver más allá de mis narices, como si me dijera que el lugar donde estoy simplemente no es ahí. Parece que una parte de mí lucha sobrehumanamente por convencerme de que lo mejor para mí es cortar con todo y marcharme de ahí sin decir nada a nadie, ni siquiera a los amigos. Razones no me faltan para hacerlo: entre el hartazgo de una vida cotidiana sin emociones y las ansias de explorar mundo, la vida parece empeñarse en dejarme en medio.
Pero yo ya no quiero estar así, en medio de una vida que lo único que me genera es hartazgo.
Que qué haré todavía está por definirse. Ahora lo único que haré es luchar en el día y soñar por la noche.
