Viajaba con la intención de encontrarme con un amigo. Sin embargo nada de eso sucedió.
Quizás la mala suerte me envuelva en una aventura en la que si he de ganar habré salido con vida.
Todo comenzó cuando mi camioneta se descompuso en medio del camino. Aún me lamento no haber seguido los pasos de mi padre quién era considerado uno de los mejores mecánicos de su pueblo. Si la vida no nos hubiera enfrentado, esto sería muy diferente.
Intenté pedir el auxilio del seguro sin éxito. La comunicación allí era más que deplorable haciendo que mis llamadas sean totalmente nulas. El próximo pueblo estaba a varios kilómetros de distancia desde donde me encontraba y no tuve más opción que buscar un sitio en el cuál hospedarme y a su vez llamar a una grúa. El dinero no era problema así que supuse que todo iría bien.
Caminé mucho, más de lo que pensaba, no hallaba donde quedarme. Miré hacia atrás y no lograba distinguir en donde había dejado mi vehículo. La noche y la lluvia no ayudaban. Llegó un momento en el que de tanto caminar había perdido la noción de donde me encontraba. Soy alguien que tiene diabetes y necesitaba administrarme la medicación, que por gran error, había dejado en la camioneta. Mi visión se había vuelto borrosa, mi cuerpo respondía con mucho cansancio y tenía el suficiente frío como para buscar un lugar donde quedarme. No importaba cual, sólo hallar uno.
Hacia un lado de la carretera había observado lo que parecía un castillo. Sin darle mucho sentido me dirigí hacia allí con la intención de pedir ayuda. Toqué la puerta y alguien más alto que yo me miró a los ojos y me invitó a pasar. Tenía mucha sed así que fue lo primero que pedí. Esperaba un vaso con agua, sin embargo recibí sólo una copa vacía. Pregunté si era un chiste de mal gusto debido a mi situación y a eso respondió con una mordida en mi cuello. La copa se llenó pero a quién calmó la sed fue a él... ¡El mismísimo Drácula!