Orgasmo en la lluvia
─Si te bañaras yo viendo, ─le dijo a la ciega con la intención que tienen los hombres al mirar a una ciega bonita.
─Soy ciega, no sorda ─le respondió con la voluntad que ponen las ciegas al escuchar a un hombre haciendo de idiota.
─¿Ha escuchado que la intensidad cada vez es más lluvia?
No necesitaba ningún esfuerzo extra para escuchar, tenía el poder de la vista repartida en los otros sentidos y sabía que el hombre la estaba imaginando entre las sábanas de la lluvia; sabía que el hombre había tendido la mano hacia el agua porque las chispas le salpicaron la piel; sabía también que el hombre era alto porque la voz le llegó a los oídos con la inclinación con que bajaba.
─Si pudiera encerrar a un invierno en mis manos sería a este.
En efecto, comprobó que el hombre metió sus manos en la lluvia, que era alto y que la observaba.
─¿Qué tiene este de especial? ─Le respondió con cierto imitado desgano.
─Una clarividencia con la que antes no me había mojado.
─A mí me parece una calamidad. Menos mal que Memo ya viene por mí.
De pronto sintió que había hablado más de la cuenta, no le gustaba la confianza que se asomaba en sus palabras ante aquel desconocido.
La lluvia había empezado a mojarles los pies, a meterle el frío por la piel; no se atrevía a moverse para no incomodar.
─Lamento mucho no poder ayudarla.
─No se preocupe, ya viene la ayuda.
─Me gustaría creerle, pero parece que no pasará más transporte y el agua cada vez es más fría.
Tan fría que ella empezó a sentir el frío como un corrientazo por sus huesos, pensó que en cualquier momento se congelaría, pero la sorprendieron las manos del hombre cubriéndole las suyas, metiéndole las caricias de sus dedos mojados por sus dedos secos y no se contuvo, se adelantó al apretón.
En sus brazos le dio la razón, la intensidad cada vez era más lluvia, y ahora pensaba que si pudiera encerrar a un invierno en sus manos sería a este; porque sentía que le empezaba a dar una clarividencia con la que antes no se había mojado; porque algo le mezclaba en la sangre, algo que subía y bajaba reventando el hilo de frío que por momentos la congeló; porque sentía que la lluvia le ardía por dentro como un fuego líquido que se le desparramaba.
─¿Se va o se queda?, señora.
─¿Cómo dice?
─Que suba, que se va a enchumbar.
─Y él, ¿ya subió?
─¿Quién?
─El hombre que estaba aquí conmigo.
─Aquí solo está usted.
El conductor aceleró para apurar a la mujer, el colector le hizo seña de que era ciega. Ella subió y mientras caminaba por el pasillo con el temor de no rozar con nadie, sintió el frío que ligeramente la humedecía, y el orgasmo que poco a poco se ahogaba en su cuerpo.