A María Elena LLana
No cambies nada, Julián. Esta casa pertenece al diablo y tú bien lo sabes, pero nunca me escuchas. Por eso nos pasa lo que nos pasa. ¿Cómo quieres que no me enoje?
Me dejé convencer cuando dijiste que a la puerta del patio se la comían los comejenes. “Déjala así” contesté con abuela en mente y la cara que pondría a tu propuesta. Pero no, porque cómo vamos a vivir en un lugar que se cae a pedazos; que no es bueno para cuando haya niños; que tú eres el hombre de la casa y ahí si no hay infierno que mande.
Y la quitaste porque así eres tú. Cambiaste la vieja entrada de madera por la reja corrediza y una puerta metálica. ¿Qué pasó luego? Dime. ¿Qué ganamos con eso? Pues una escala más con ambos en el papel de socios exclusivos.
Cada vez que recuerdo el día después a la reforma cuando llamaron a la puerta y, al abrir, se asomó un joven pálido… ay Julián, si tú supieras…
“Buenas tardes ¿es esta la parada hacia el inframundo?” dijo con la mirada perdida. Y yo extrañada, respondiéndole que estaba equivocado, que aquí vivíamos nosotros. El joven pasó a través de mí ¿oíste bien? a través de mí y siguió de largo como buscando algo. Lo atajé y fue que di con el cuchillo clavado en su espalda.
Anduvo por la cocina hasta llegar al patio. “¿Hoy no trabajan?” preguntó, señalando a la puerta. ¿¡Qué iba a hacer!?Abrí el enrejado y él salió por él para luego esfumarse entre las nubes.
Quedé fría con el suceso. ¡Si me hubiera imaginado que a partir de entonces sería un ir y venir de muertos por la casa!
Llegaban a la hora del café mañanero ¡Como madrugan los muy condenados! Tocaban de forma pausada, constante. Había que abrirles porque si no toda una fila yacía a la espera y esa mala impresión no se la podíamos dar a los vecinos.
Te lo comenté esa noche, ¿recuerdas? No pareció molestarte. “Chica ¿y qué más da?” soltaste como pretexto a la restauración. Como trabajas y no convives aquí todo el santo día...
Yo desayunaba cuando llegó aquella turba del accidente; una treintena de fantasmas en procesión. “Es por la puerta de atrás” dije con un pedazo de pan en la boca.
No siempre se ve un carnaval fúnebre como ese: personas dislocadas, gente cuyas segundas partes venían en manos de otros, decapitados… el chofer tenía el timón incrustado en la cabeza ni sé cómo. Dejé en la mesa el pan a medio morder y la taza de café para irme a limpiar. Me habían cortado el hambre.
Veo a abuela reír con una mirada de “te lo dije”. Ay, vieja; cuánta razón tenías al decir que no me casara. Te lo juro. Desde aquel día dejo abierta la entrada principal con un cartel que dicta: “LA PUERTA DE ATRÁS ESTÁ ABIERTA. DESCANSE EN PAZ Y NO MOLESTE” Debajo de él, el horario de atención. Muerto el perro…
Se te ocurrió entonces cambiar el tapete. “Pero si está bien así” protesté. Tú como siempre, tan moderno. Había que cambiarlo y punto. Puse ojos en el cielo, pero cedí bajo la promesa de comprarme una lavadora nueva. Amarga hora…
En su lugar, trajiste la alfombra olorosa a lavanda con una selva tropical y vistosos tigres en el bordado. ¿De qué sirve tanta belleza si la maldad le estropea el gusto a una? Por eso me reí el día que llegaste y pusiste los pies sobre ella para luego irte de boca al suelo.
Me miraste enojado; yo me hice la tonta. ¿Y decirte que debajo del tapiz hay una mano que hace caer a todo el que pasa? No, mi amor. El abismo se encargará de enseñártelo.
¿Recuerdas la bombilla del cuarto? ¿La de la lámpara en forma de murciélago que tanto te incomodaba? Sí, la favorita de abuela. La que cambiaste, sordo a mis súplicas de que llevaba tres generaciones con nosotros. No respetaste la memoria familiar ni su patrimonio.
¿¡Qué cosas, eh!? Aun así, conservaste el bombillo porque “está nuevo” en palabras tuyas. “Oportunista”, oigo decir a abuela, sentada en el balance de mimbre la vez que te presenté como mi novio. Vestida de negro hasta el último de sus días, nos miró a ambos e hizo la cruz invertida en señal de bendición. Bajé la cabeza, porque cosa diferente es bendecir al demonio a que él te bendiga.
Pues si giras a la derecha el bombillo, cómo decirte… obtienes imágenes rarísimas, de las que deseas ver para conciliar el sueño. Paisajes oníricos, colores irreales, hermosas criaturas. Si la giras a la izquierda, en cambio, verás lo que nadie quiere.
No hace falta explicarte por qué duermo con un pañuelo sobre los ojos y algodones en los oídos mientras tú te quejas por la cosa fea que, reflejada en el cristal, nos observa desde arriba. “Es un demonio” digo y me volteo siempre que gritas.
Ay Julián ¿qué haré contigo? Seguiste haciendo y deshaciendo en tu viña. Remodelando aquí, modificando allá.
Ahora tenemos puertas que se abren y se cierran solas, televisores mostrándonos eventos futuros, un juego de muebles que cambia de sitio con cada luna llena. Y yo ya no sé qué hacer, la verdad. Estoy por volverme loca en este aquelarre arquitectónico.
No me interesa escuchar voces diciendo: “Mañana haré que un conductor atropelle a una señora” o “Oye la cosa está mala, hay iglesias por doquier”. “El mío, bueno qué ¿atormentando almas?” Cuando me obstino les grito: “¡Váyanse al infierno!” y se ríen de mí. Si supieras las que paso.
Tenías razón, abuela: una es muy tonta cuando está enamorada. Mira que te escuché contar cómo el diablo dio a abuelo esta casa en pleno Período Especial. Sí, porque en ese tiempo los demonios confundían su hogar y se mezclaban en las colas y reuniones. Era tan parecido aquello.
Tenías razón. La tuviste esa vez en notaría. Tu mirada al tomar la pluma y firmar como testigo. “No cambies nada” dijiste con voz solemne como asegurando el orden de cosas que dejabas en mis manos. Me hiciste la cruz invertida. Tú y tu cruz. Tu cruz y yo.
Tú, Julián, reías y nos llamabas ignorantes por creer en estas cosas. Yo sí creo. Creo en los fantasmas como la gente cree en Dios, los orishas y la mala suerte. Bobo eres tú que por incrédulo terminaste creyendo.
En vano mojas el piso con agua bendita. No traigas padres ni pastores, Julián, que no obtendrás resultados. No cambies nada. No me cambies más nada en esta casa y vete quitando la idea de reemplazar la aldaba. Porque si el mismo Satán se me aparece, te juro que me divorcio ¿oíste? ¡Me divorcio!