
Sara Soa no lloraba a su hijo. Su mirada reflejaba un rencor como si quien ahora estuviera vistiendo la chaqueta de madera fuera la causa de infinitos males. Pero no era eso lo que sentía, de su bien más preciado solo quedaba un cascaron vacio. ¿Debería llorar por eso? O concentrar el hervidero que la recorría en los asistentes al entierro, ellos si lloraban. Sara recordó que la hipocresía humana no tenía limites, porque no, esas lágrimas no podían ser de remordimiento. El desconsuelo consumía a la señora Soa, mas no lloraba.
Uno a uno se acercaban a verle la cara al difunto como dictaba la tradición. Todos habían asistido a la despedida del señor Julio, nadie quería perderse el entierro del loco o el profeta Celeste.
La fila tras el feretro parecía interminable, llegaba el punto en el que se fundía la con la blancura de las bóvedas donde se suponía que los Celestinos por fin encontraban descanso.
–¿Mamá que es la muerte? Pregunto la inocencia desflorada de uno de los tantos niños arrastrados a aquel show.
–Es cuando se acaba nuestro tiempo en la vida, porque algo superior lo ha decidido.
–¿Entonces, el loco era algo superior?
–¡El señor Julio! Solo estaba enfermo, y cuando la gente enferma de esa manera hace cosas sin sentido.
–¿Si hizo algo sin sentido, por qué hay tanta gente aquí?
–¿Recuerdas lo que paso esa noche? Pues de alguna forma él le salvó la vida a mucha gente, es lo que todos en este lugar le agradecen y hasta el mismo cielo pareció hacerlo.
Para ese entonces ya la tarde había empezado a caer, las estatuas distribuidas por todo el lugar parecían más sombrías. De la misma forma fueron decayendo los ánimos mientras pasaba el tiempo que para Sara estaba detenido. Ni siquiera le prestaba atención al hecho de que nadie le daba el pésame. Ya casi todo el mundo había desfilado frente al difunto. Se sintió cierta calma.
Entoces se dio lo de aquellos dos. El párroco de la iglesia, Salvatore y el señor Fernández, uno de los candidatos a la alcaldía, comenzaron a dar sus palabras en "homenaje" póstumo al señor Julio. Cosa que se convirtió en una batalla voces, con el cadáver de por medio. Celeste era uno de los pocos lugares donde la política y la religión no van de la mano. Salvatore explicaba como el altísimo se valió de un alma atormenta que corría por las calles de Celeste, para que todos salieran de sus casas y pudieran ver la señal luminosa que puso en el cielo, antes de que las aguas subieran.
Mientras que el señor Fernández exaltaba la figura de un ciudadano ejemplar que supo advertir el desastre. ¿Para qué hablar a medias? Quien no sabía ya, luego de esto se quitó la vida, pero en su locura salvó a mucha gente aunque no faltaron las pérdidas materiales. Fernández prometió que si era elegido como alcalde de Celeste repondría todo lo que el agua se llevó.
Tal espectáculo fue demasiado para Sara, la arrebataba esa combinación entre rabia e impotencia, dio un paso hacia lo astral, aunque permaneció en el mismo sitio, su hijo le había salvado la vida a todos, más esto no consiguió alargar la suya, por lo menos su alma había logrado atravesar el umbral y a su paso por el cielo dejó una brillante estela.
Todo lo que sentía se manifestó en un fuerte viento, el cual azotaría esa tarde a Celeste, los restos del señor Julio fueron sembrados y todos los asistentes al funeral se marcharon a sus casas, claro todos los que no residían permanentemente allí.
La madre de Julio pudo tener algo de paz, al saber que al menos el cascaron que alguna vez contuvo el alma de su hijo, le haría compañía, en esa nueva casa, sin puertas ni ventanas.