📸 Virgilio Piñera (1912–1979)
Poeta, narrador y dramaturgo cubano. Figura central del absurdo en la literatura hispanoamericana y una de las voces más singulares del siglo XX en Cuba. Foto: Péndola.
PALMA NEGRA
Es preciso que de una vez descubramos la palma
que tiene negro el penacho. Nuestros muertos en su cimera esperan ser enterrados.
Allá arriba están en sus lamentos que el viento propaga implacable.
En la sabana todo parece verde, pero esa palma, joh, esa palma!
A la cacería de esa palma,
la señora de la esquina,
el zapatero del barrio,
irán vestidos de verde.
Toquen el cornetín,
enfilen los perros,
revienten los caballos.
En la sabana todo parece verde, pero esa palma, joh, esa palma!
Si no es esa, si no es aquella,
si el zapatero del barrio
jura por todos los santos
que su perro la ha olfateado;
si la señora de la esquina caracolea sin descanso
dando voces a su Pedro
que está allá arriba en la palma;
si el telón de fondo verde
encabrita los caballos,
¿cómo dar caza a la palma?
En la sabana todo parece verde, pero esa palma, ¡oh, esa palma!
🌴 Este poema de Piñera es un pequeño torbellino: absurdo, ritual, casi teatral, pero con un trasfondo inquietante que nunca se dice del todo. Virgilio Piñera construye una escena que parece rural, incluso costumbrista, pero la retuerce hasta volverla una especie de cacería metafísica. La palma con el penacho negro es un signo anómalo dentro de la sabana verde: un punto de ruptura en un paisaje que pretende uniformidad. Esa anomalía atrae, inquieta y convoca a la acción.
La palma es también un lugar de muertos no enterrados, un sitio donde lo que debería descansar sigue suspendido, expuesto, lamentándose. Piñera convierte el paisaje cubano —tan cargado de símbolos nacionales— en un espacio donde lo no resuelto insiste, donde lo reprimido se eleva y se escucha. La palma negra es la excepción que revela la falsedad del “todo parece verde”.
El poema avanza como una batida colectiva, casi carnavalesca: la señora de la esquina, el zapatero, los perros, los caballos. Todos participan en una búsqueda que se vuelve absurda porque la palma nunca se identifica del todo. “Si no es esa, si no es aquella…”: la persecución se vuelve infinita, como si la anomalía se desplazara o se multiplicara. La repetición del estribillo —“En la sabana todo parece verde, pero esa palma, joh, esa palma!”— funciona como un latigazo que me devuelve, como lector, al punto de partida.
La cacería, entonces, no es literal. Es una metáfora de la obsesión por encontrar el origen del malestar, la grieta en la apariencia, el punto donde la comunidad deposita sus miedos y sus muertos. Pero Piñera, fiel a su estilo, no ofrece resolución: la palma no se atrapa, no se identifica, no se derriba. La pregunta final —“¿cómo dar caza a la palma?”— me deja suspendido en la misma incertidumbre que atosiga a los personajes.
En suma, el poema me parece una alegoría del desasosiego, del intento colectivo de nombrar aquello que perturba, aunque nunca se logre fijarlo. Piñera convierte la sabana cubana en un escenario de persecución existencial, donde lo extraño se vuelve centro y lo cotidiano se vuelve máscara.
English
🌴This poem by Piñera is a small whirlwind: absurd, ritualistic, almost theatrical, yet driven by an unsettling undertone that is never fully spoken. Piñera builds a scene that seems rural, even costumbrista, but twists it into a kind of metaphysical hunt. The palm with the black crest becomes an anomalous sign within the green savanna: a rupture in a landscape that pretends to be uniform. That anomaly attracts, disturbs, and calls for action.
The palm is also a place of unburied dead, a site where what should rest remains suspended, exposed, lamenting. Piñera transforms the Cuban landscape—so charged with national symbolism—into a space where the unresolved insists on returning, where the repressed rises and becomes audible. The black palm is the exception that reveals the falseness of “everything seems green.”
The poem unfolds like a collective hunt, almost carnivalesque: the woman from the corner, the neighborhood shoemaker, the dogs, the horses. Everyone joins a search that becomes absurd because the palm is never fully identified. “If it’s not this one, if it’s not that one…”: the pursuit becomes endless, as if the anomaly moved or multiplied. The repeated refrain—“In the savanna everything seems green, but that palm, oh, that palm!”—acts like a whip that snaps the reader back to the starting point.
The hunt, then, is not literal. It is a metaphor for the obsession with locating the source of unease, the crack in appearances, the point where the community deposits its fears and its dead. But Piñera, true to his style, offers no resolution: the palm is never caught, never identified, never felled. The final question—“how can one hunt the palm?”—leaves me suspended in the same uncertainty that torments the characters.
In the end, the poem reads as an allegory of disquiet, of the collective attempt to name what disturbs, even when it cannot be fixed. Piñera turns the Cuban savanna into a stage of existential pursuit, where the strange becomes central and the everyday becomes a mask.