📸 Dulce María Loynaz
Poeta cubana (La Habana, 1902–1997).
Premio Cervantes 1992, autora de Versos, Poemas sin nombre y Últimos días de una casa. Su voz se distingue por la hondura espiritual y la delicadeza introspectiva, convirtiéndola en una de las grandes figuras de la lírica hispanoamericana. Foto: La Jiribilla.
SEÑOR QUE LO QUISISTE…
Señor que lo quisiste: ¿para qué habré nacido?
¿Quién me necesitaba, quién me había pedido?
¿Qué misión me confiaste? Y ¿por qué me elegiste,
yo, la inútil, la débil, la cansada...? La triste.
Yo, que no sé siquiera que es malo ni que es bueno,
y si busco las rosas y me aparto del cieno,
es sólo por instinto. Y no hay mérito alguno
en la obediencia fácil a un instinto oportuno...
Y aún más: ¿Pude hacer siempre todo lo que he intentado?
¿Soy yo misma siquiera lo que había soñado?...
¿En qué ocaso de alma ha disipado el luto?
¿A quién hice feliz tan siquiera un minuto?
¿Qué frente obscura y torva se iluminó de prisa
tan sólo ante el conjuro de mi pobre sonrisa?
¿Evitar a cualquiera pude el menor quebranto?
¿De qué sirvió mi risa; de qué sirvió mi llanto?
Y al fin, cuando me vaya fría, pálida, inerte...
¿Qué dejaré a la Vida? ¿Qué llevaré a la Muerte?...
Bien sé que todo tiene su objeto y su motivo:
que he venido por algo y que para algo vivo.
Que hasta el más vil gusano su destino ya tiene,
que tu impulso palpita en todo lo que viene.
Y que si lo mandaste fue también con la idea
de llenar un vacío, por pequeño que sea...
Que hay un sentido oculto en la entraña de todo:
en la pluma, en la garra, en la espuma, en el lodo...
Que tu obra es perfecta: ¡Oh, Todopoderoso,
Dios Justiciero, Dios Sabio, Dios Amoroso!...
El Dios de los mediocres, los malos y los buenos...
En tu obra no hay nada ni de más ni de menos...
Pero... no sé, Dios mío: me parece que a Ti
¡un Dios...! te hubiera sido fácil pasar sin mí.
✨ Este poema es una plegaria, una interrogación existencial, una confesión que se eleva desde la fragilidad humana hacia el misterio divino. Dulce María Loynaz, con su tono introspectivo y su lenguaje delicado, nos invita a escuchar no solo lo que dice, sino lo que duda, lo que teme, lo que no sabe. Señor que lo quisiste es una meditación sobre el sentido de la vida, escrita desde la conciencia de la inutilidad aparente, la tristeza, la insignificancia… pero también desde la intuición de que todo —incluso lo más pequeño— tiene un lugar en el orden del universo.
🙏 Una voz que se interroga
Desde el primer verso —“¿para qué habré nacido?”— el poema se instala en el terreno de la pregunta. No hay afirmación, no hay certeza. La voz poética se dirige a Dios, pero no para alabarlo ni para pedirle consuelo, sino para interpelarlo. ¿Quién la necesitaba? ¿Qué misión le fue confiada? ¿Por qué fue elegida, siendo “inútil, débil, cansada”? Esta serie de preguntas revela una conciencia aguda de la propia fragilidad, pero también una necesidad profunda de sentido.
La Loynaz no se presenta como mártir ni como heroína: se muestra como alguien que no sabe, que se equivoca, que actúa por instinto. Y ese instinto —buscar las rosas, apartarse del cielo— no tiene mérito. La obediencia fácil no es virtud. Aquí Dulce María Loynaz desmonta la idea de que vivir según lo esperado es suficiente.
🧠 El desconcierto de la identidad
En la segunda parte del poema, la voz se pregunta si ha sido capaz de hacer lo que intentó, si es siquiera lo que soñó ser. La duda se extiende a su impacto en los otros: ¿hizo feliz a alguien, aunque fuera un minuto? ¿Iluminó alguna frente oscura con su sonrisa? Estas preguntas son devastadoras porque revelan una vida vivida con intensidad, pero sin la certeza de haber dejado huella.
La poeta se pregunta si pudo evitar algún quebranto, si su risa o su llanto sirvieron de algo. Y entonces llega la pregunta final, la más radical: ¿Qué dejaré a la Vida? ¿Qué llevaré a la Muerte? Esta interrogación no busca consuelo, sino verdad.
🌌 La intuición del orden
Pero el poema no se queda en la desesperanza. En la tercera parte, la voz reconoce que “todo tiene su objeto y su motivo”. Que incluso el gusano más vil tiene destino. Que si Dios la mandó, fue con la idea de llenar un vacío, por pequeño que sea. Aquí aparece la intuición de un orden oculto, de una lógica divina que no siempre se comprende, pero que existe.
Enumera elementos humildes —la pluma, la garra, la espuma, el lodo— y afirma que en todos palpita el impulso de Dios. Esta visión panteísta, casi mística, transforma la queja inicial en aceptación. La obra de Dios es perfecta, incluso si incluye a los mediocres, los malos y los buenos.
🧩 El cierre: una duda que persiste
Y sin embargo, el último verso vuelve a la duda: “me parece que a Ti / ¡un Dios…! te hubiera sido fácil pasar sin mí.” Esta frase es demoledora. Después de todo el razonamiento, después de aceptar que todo tiene sentido, la voz poética confiesa que aún siente que su existencia pudo haber sido prescindible.
Este cierre no niega lo anterior, pero lo matiza. La fe no borra la duda. La aceptación no elimina la sensación de insignificancia. Y en esa tensión reside la belleza del poema: en su capacidad de sostener la pregunta, de convivir con la incertidumbre, de buscar sentido sin exigir respuesta.
🪞 Desde el aquí y el ahora: una voz que nos interpela
Leer "Señor que lo quisiste" hoy, en medio de un mundo saturado de ruido, de urgencias, de exigencias de éxito y utilidad, es como abrir una ventana hacia lo esencial. Dulce María Loynaz nos recuerda que no todo tiene que ser productivo, visible, celebrado. Que hay vidas —como la suya, como la nuestra— que se preguntan, que dudan, que no tienen respuestas claras, pero que existen con dignidad en esa búsqueda.
La voz que se interroga no es solo la de una mujer cubana del siglo XX, sino la de cualquier ser humano que alguna vez se ha sentido pequeño ante el universo, que ha dudado de su impacto, que ha temido no haber sido suficiente. Y eso, lejos de ser debilidad, es una forma profunda de conciencia.
Hoy, cuando el valor de una persona parece medirse por su rendimiento, por sus logros, por su presencia en redes, este poema nos invita a mirar hacia adentro. A reconocer que incluso lo que no se ve —una sonrisa fugaz, una lágrima sincera, una pregunta sin respuesta— puede tener sentido. Que quizás no se trata de dejar huella, sino de haber habitado el mundo con honestidad.
La última línea —“me parece que a Ti / ¡un Dios…! te hubiera sido fácil pasar sin mí”— no es una rendición, sino una forma de humildad radical. Es aceptar que no somos imprescindibles, pero que aún así estamos aquí, preguntando, sintiendo, escribiendo. Y eso, en sí mismo, es un acto de fe.