📸 Carlos Alberto Esquivel Guerra
Poeta, narrador y promotor cultural cubano (Elia, Las Tunas, 7 de agosto de 1968).
Su obra se distingue por la experimentación formal y la mirada crítica a la realidad cubana contemporánea. Figura destacada de su generación, miembro de la UNEAC y la AHS, ha sido incluido en antologías nacionales e internacionales y reconocido con premios literarios de gran prestigio. Foto: EcuRed.
ULTIMOS DÍAS DE UNA CASA
(“Una casa es como un país”
La Loynaz. 9 de marzo de 1981. Una carta a Martínez Malo)
La casa es como un país abarrotado de ausencia.
La casa me diferencia
de la nieve cuando es gris.
La casa es mi cicatriz
desde algún barco remoto.
La casa es el puente roto,
y es el vino, y es el pan.
Es los muertos que no están
pero viven en la foto.
La casa es como un cuchillo
que despedaza por dentro,
es mi madre sobre un centro
de pesadumbre, es el trillo
hacia el pobre molinillo
donde mi padre invisible
teje un himno, es la creíble
caída de toda nieve,
es la libertad tan breve,
es otro viaje imposible.
La madre, el padre, el arroz,
ellos son también la casa,
y humedecen una masa
para el invierno de Dios.
La casa tiene mi voz,
mi silencio y mi visaje
hasta un país sin paisaje.
Acaso queda en el rezo
carcomido como un hueso.
O en el pesebre del viaje.
El perro que no murió,
la nube por ese hermano
si no supo desde el piano
la casa que lo inventó.
Mi padre siempre partió
en busca de un acertijo.
Ya era casa, ya era el hijo
sobre la ausencia fingida.
Casa: dolor y partida,
todo en el mismo amasijo.
Casa: lugar de la ausencia
que fluye y jamás me nombra.
Siempre habitas una sombra
que el extravío sentencia.
Los nombres de mi existencia
ya no van a detenerte.
Existe una casa inerte,
una lámpara, una nube:
son cosas que siempre tuve
y las llevará la muerte.
Y qué dejé sin olvido
en el Dios que balbuceaba:
¿un mar? Pero el mar se acaba.
¿Acaso quedó el sonido
de una isla que ha dormido?
Todo es un viaje otra vez.
Todo es ser casa y después
ser casa para ese olvido.
Como el hombre que ha fingido
ser su casa en la vejez.
Casa: ante ti sólo queda
polvo del sueño lejano
y una foto sobre el piano
perdido entre la humareda.
Casa sin mí, qué nos queda:
una cruz, el cuerpo fijo,
un tiempo que nos maldijo,
y lo que di al universo:
mi única forma del verso,
la casa, un árbol, y el hijo
🏠 El poema Últimos días de una casa se inscribe en la tradición de la décima cubana, pero la expande hacia una dimensión filosófica y existencial. Carlos Esquivel retoma la célebre frase de Dulce María Loynaz —“Una casa es como un país”— y la convierte en eje de una meditación sobre la memoria, la ausencia y la fragilidad de los vínculos familiares y sociales. La casa, más que espacio físico, se vuelve metáfora de identidad, cicatriz, herencia y pérdida.
🏚️ La casa como país y cicatriz
Desde el inicio, la casa aparece como un país “abarrotado de ausencia”. Esquivel la define por lo que falta, por lo que ya no está. La casa no es refugio, sino marca, cicatriz, puente roto. Es también pan y vino, símbolos de sustento y comunión, pero atravesados por la ausencia de los muertos que “no están pero viven en la foto”. La casa se convierte en archivo de lo perdido, un territorio donde la memoria se sostiene en imágenes congeladas.
🔪 La casa como herida interior
En la segunda décima, la casa se transforma en cuchillo que despedaza por dentro. Es madre y padre, pero también dolor y pesadumbre. El padre invisible teje un himno, la madre se asienta en el centro de la tristeza. La casa es libertad breve, viaje imposible. Aquí Esquivel intensifica la paradoja: la casa es origen y a la vez fractura, es raíz y destierro. La metáfora del cuchillo revela que habitarla implica desgarrarse.
👪 La casa como familia y voz
El poeta amplía la metáfora: madre, padre, arroz, todos son también casa. La casa se encarna en los gestos cotidianos, en la comida, en la voz, en el silencio. Esquivel la proyecta hacia un “país sin paisaje”, un territorio abstracto donde lo esencial se reduce a rezos carcomidos y huesos. La casa es también viaje, pesebre, signo de tránsito. La identidad se construye en esa mezcla de lo íntimo y lo trascendente.
🎹 La casa como ausencia y sombra
“El perro que no murió”, “el hermano que no supo desde el piano”, “el padre que siempre partió”: todos son figuras de ausencia. La casa se revela como dolor y partida, como sombra que sentencia el extravío. Esquivel insiste en que la casa fluye sin nombrar, que habitarla es convivir con lo que falta. La repetición de “casa” como inicio de versos refuerza la obsesión, la imposibilidad de escapar de su peso simbólico.
⚰️ La casa como inercia y muerte
En otra décima, la casa se vuelve inerte: lámpara, nube, objetos que la muerte se llevará. El poeta se pregunta qué queda en Dios, qué sonido de isla dormida persiste. La casa se convierte en viaje hacia el olvido, en fingimiento de vejez. Aquí Esquivel conecta lo doméstico con lo trascendental: la casa es metáfora de la isla, del país, de la historia que se desgasta y se borra.
📸 La casa como reliquia y verso
El cierre es contundente: “Casa: ante ti sólo queda/ polvo del sueño lejano/ y una foto sobre el piano”. La casa sin el yo es cruz, cuerpo fijo, tiempo maldito. Lo único que el poeta puede dar al universo es su verso, junto a la imagen de la casa, un árbol y un hijo. La poesía se convierte en último refugio, en forma de resistencia ante la desaparición. La casa se salva en el poema, aunque en la realidad se derrumbe.
📌 Últimos días de una casa es un texto de enorme densidad simbólica. Esquivel convierte la décima en vehículo de una meditación sobre la identidad, la memoria y la pérdida. La casa es país, cicatriz, cuchillo, sombra, reliquia. Es madre y padre, pan y vino, foto y piano. Es también isla, viaje, olvido. El poema articula una visión crítica y dolorosa de la existencia: todo lo que somos se reduce a la casa, y la casa misma se reduce a ausencia.
La fuerza del poema está en la reiteración obsesiva de la palabra “casa”, que se convierte en mantra y condena. Esquivel logra que cada décima abra una nueva arista: lo íntimo, lo familiar, lo histórico, lo religioso, lo político. La casa es metáfora total, síntesis de vida y muerte. En este sentido, el poema dialoga con la tradición de Loynaz, pero la lleva hacia un territorio más sombrío y desgarrado.
Últimos días de una casa es un testimonio poético de la fragilidad del hogar y del país, de la imposibilidad de retener lo perdido, y de la única salvación posible: el verso.
[ENGLISH]
🏠 The poem Last Days of a House belongs to the Cuban décima tradition, yet expands it into a philosophical and existential dimension. Carlos Esquivel takes Dulce María Loynaz’s famous phrase —“A house is like a country”— and turns it into the axis of a meditation on memory, absence, and the fragility of family and social bonds. The house, more than a physical space, becomes a metaphor of identity, scar, inheritance, and loss.
🏚️ The house as country and scar
From the very beginning, the house appears as a country “crowded with absence.” Esquivel defines it by what is missing, by what is no longer there. The house is not refuge but mark, scar, broken bridge. It is also bread and wine, symbols of sustenance and communion, yet crossed by the absence of the dead who “are not there but live in the photo.” The house becomes an archive of what is lost, a territory where memory survives in frozen images.
🔪 The house as inner wound
In the second décima, the house turns into a knife that cuts from within. It is mother and father, but also sorrow and heaviness. The invisible father weaves a hymn, the mother sits at the center of sadness. The house is brief freedom, impossible journey. Esquivel intensifies the paradox: the house is origin and fracture, root and exile. The knife metaphor reveals that inhabiting it means tearing oneself apart.
👪 The house as family and voice
The poet expands the metaphor: mother, father, rice, all are also house. The house embodies daily gestures, food, voice, silence. Esquivel projects it toward a “country without landscape,” an abstract territory where the essential is reduced to gnawed prayers and bones. The house is also journey, manger, sign of transit. Identity is built in this mixture of intimacy and transcendence.
🎹 The house as absence and shadow
“The dog that did not die,” “the brother who did not know from the piano,” “the father who always left”: all are figures of absence. The house reveals itself as pain and departure, as shadow that condemns estrangement. Esquivel insists that the house flows without naming, that inhabiting it means living with what is missing. The repetition of “house” at the start of verses reinforces the obsession, the impossibility of escaping its symbolic weight.
⚰️ The house as inertia and death
In another décima, the house becomes inert: lamp, cloud, objects that death will carry away. The poet asks what remains in God, what sound of a sleeping island persists. The house becomes a journey toward oblivion, a feigned old age. Here Esquivel connects the domestic with the transcendent: the house as metaphor of the island, of the country, of history that wears down and erases itself.
📸 The house as relic and verse
The ending is striking: “House: before you only remains / dust of the distant dream / and a photo on the piano.” The house without the self is cross, fixed body, cursed time. The only thing the poet can give the universe is his verse, alongside the image of the house, a tree, and a son. Poetry becomes the last refuge, a form of resistance against disappearance. The house is saved in the poem, even if it collapses in reality.
📌Last Days of a House is a text of enormous symbolic density. Esquivel turns the décima into a vehicle of meditation on identity, memory, and loss. The house is country, scar, knife, shadow, relic. It is mother and father, bread and wine, photo and piano. It is also island, journey, oblivion. The poem articulates a critical and painful vision of existence: all that we are is reduced to the house, and the house itself is reduced to absence.
The strength of the poem lies in the obsessive repetition of the word “house,” which becomes mantra and condemnation. Esquivel ensures that each décima opens a new facet: the intimate, the familial, the historical, the religious, the political. The house is total metaphor, synthesis of life and death. In this sense, the poem dialogues with Loynaz’s tradition but pushes it toward a darker, more torn territory.
In sum, Last Days of a House is a poetic testimony of the fragility of home and country, of the impossibility of retaining what is lost, and of the only possible salvation: the verse.