📸 Gastón Baquero Díaz (Banes, Holguín, 4 de mayo de 1914 – Madrid, 15 de mayo de 1997)
Poeta, ensayista y periodista cubano. Estudió Agronomía, aunque dedicó su vida a la literatura y al periodismo. Fue una de las figuras centrales del Grupo Orígenes (1944–1956), junto a José Lezama Lima, y colaboró en revistas como Espuela de Plata y Orígenes. Su obra inicial incluye títulos como Poemas y Saúl sobre la espada (1942), marcados por una metafísica de raíz barroca y una religiosidad sensual. Tras la Revolución cubana se exilió en España, donde renovó su poesía en una segunda etapa más vigorosa y abierta al diálogo con la cultura europea. Publicó libros como Poemas escritos en España (1992) y Magias e invenciones (1995). Su legado lo consagra como una de las voces más singulares y universales de la poesía cubana del siglo XX. Foto: On Cuba.
TESTAMENTO DEL PEZ
Yo te amo, ciudad,
aunque sólo escucho de ti el lejano rumor,
aunque soy en tu olvido una isla invisible,
porque resuenas y tiemblas y me olvidas,
yo te amo, ciudad.
Yo te amo, ciudad,
cuando la lluvia nace súbita en tu cabeza
amenazando disolverte el rostro numeroso,
cuando hasta el silente cristal en que resido
las estrellas arrojan su esperanza,
cuando sé que padeces,
cuando tu risa espectral se deshace en mis oídos,
cuando mi piel te arde en la memoria,
cuando recuerdas, niegas, resucitas, pereces,
yo te amo, ciudad.
Yo te amo, ciudad,
cuando desciendes lívida y extática
en el sepulcro breve de la noche,
cuando alzas los párpados fugaces
ante el fervor castísimo,
cuando dejas que el sol se precipite
como un río de abejas silenciosas,
como un rostro inocente de manzana,
como un niño que dice acepto y pone su mejilla.
Yo te amo, ciudad,
porque te veo lejos de la muerte,
porque la muerte pasa y tú la miras
con tus ojos de pez, con tu radiante
rostro de un pez que se presiente libre;
porque la muerte llega y tú la sientes
cómo mueve sus manos invisibles,
cómo arrebata y pide, cómo muerde
y tú la miras, la oyes sin moverte, la desdeñas,
vistes la muerte de ropajes pétreos,
la vistes de ciudad, la desfiguras
dándole el rostro múltiple que tienes,
vistiéndola de iglesia, de plaza o cementerio,
haciéndola quedarse inmóvil bajo el río,
haciéndola sentirse un puente milenario,
volviéndola de piedra, volviéndola de noche
volviéndola ciudad enamorada, y la desdeñas,
la vences, la reclinas,
como si fuese un perro disecado,
o el bastón de un difunto,
o las palabras muertas de un difunto.
Yo te amo, ciudad
porque la muerte nunca te abandona,
porque te sigue el perro de la muerte
y te dejas lamer desde los pies al rostro,
porque la muerte es quien te hace el sueño,
te inventa lo nocturno en sus entrañas,
hace callar los ruidos fingiendo que dormitas,
y tú la ves crecer en tus entrañas,
pasearse en tus jardines con sus ojos color de amapola,
con su boca amorosa, su luz de estrella en los labios,
la escuchas cómo roe y cómo lame,
cómo de pronto te arrebata un hijo,
te arrebata una flor, te destruye un jardín,
y te golpea los ojos y la miras
sacando tu sonrisa indiferente,
dejándola que sueñe con su imperio,
soñándose tu nombre y tu destino.
Pero eres tú, ciudad, color del mundo,
tú eres quien haces que la muerte exista;
la muerte está en tus manos prisionera,
es tus casas de piedra, es tus calles, tu cielo.
Yo soy un pez, un eco de la muerte,
en mi cuerpo la muerte se aproxima
hacia los seres tiernos resonando,
y ahora la siento en mí incorporada,
ante tus ojos, ante tu olvido, ciudad, estoy muriendo,
me estoy volviendo un pez de forma indestructible,
me estoy quedando a solas con mi alma,
siento cómo la muerte me mira fijamente,
cómo ha iniciado un viaje extraño por mi alma,
cómo habita mi estancia más callada,
mientras descansas, ciudad, mientras olvidas.
Yo no quiero morir, ciudad, yo soy tu sombra,
yo soy quien vela el trazo de tu sueño,
quien conduce la luz hasta tus puertas,
quien vela tu dormir, quien te despierta;
yo soy un pez, he sido niño y nube,
por tus calles, ciudad, yo fui geranio,
bajo algún cielo fui la dulce lluvia,
luego la nieve pura, limpia lana, sonrisa de mujer,
sombrero, fruta, estrépito, silencio,
la aurora, lo nocturno, lo imposible,
el fruto que madura, el brillo de una espada,
yo soy un pez, ángel he sido,
cielo, paraíso, escala, estruendo,
el salterio, la flauta, la guitarra,
la carne, el esqueleto, la esperanza,
el tambor y la tumba.
Yo te amo, ciudad,
cuando persistes,
cuando la muerte tiene que sentarse
como un gigante ebrio a contemplarte,
porque alzas sin paz en cada instante
todo lo que destruye con sus ojos,
porque si un niño muere lo eternizas,
si un ruiseñor perece tú resuenas,
y siempre estás, ciudad, ensimismada,
creándote la eterna semejanza,
desdeñando la muerte,
cortándole el aliento con tu risa,
poniéndola de espalda contra un muro,
inventándote el mar, los cielos, los sonidos,
oponiendo a la muerte tu estructura
de impalpable tejido y de esperanza.
Quisiera ser mañana entre tus calles
una sombra cualquiera, un objeto, una estrella,
navegarte la dura superficie dejando el mar,
dejarlo con su espejo de formas moribundas,
donde nada recuerda tu existencia,
y perderme hacia ti, ciudad amada,
quedándome en tus manos recogido,
eterno pez, ojos eternos,
sintiéndote pasar por mi mirada
y perderme algún día dándome en nube y llanto,
contemplando, ciudad, desde tu cielo único y humilde
tu sombra gigantesca laborando,
en sueño y en vigilia,
en otoño, en invierno,
en medio de la verde primavera,
en la extensión radiante del verano,
en la patria sonora de los frutos,
en las luces del sol, en las sombras viajeras por los muros,
laborando febril contra la muerte,
venciéndola, ciudad, renaciendo, ciudad, en cada instante,
en tus peces de oro, tus hijos, tus estrellas
📚 El poema “Testamento del pez” es una de esas piezas que reclaman una lectura lenta, reverente, pero también apasionada. Su despliegue verbal, su insistencia en la repetición amorosa —“Yo te amo, ciudad”— y su diálogo constante con la muerte lo convierten en un texto monumental, casi litúrgico, que se mueve entre la plegaria y la elegía.
🌆 La ciudad como interlocutora
El poema se construye como una declaración de amor a la ciudad, pero no a una ciudad concreta, sino a la ciudad como símbolo: espacio de memoria, de resistencia, de vida colectiva. La voz poética insiste en su amor incluso en el olvido, incluso en la indiferencia. La ciudad es amada porque existe, porque persiste, porque se enfrenta a la muerte con su estructura múltiple.
La reiteración del verso inicial —“Yo te amo, ciudad”— funciona como un estribillo, un mantra que sostiene el poema y lo convierte en un testamento. El hablante se confiesa pez, sombra, niño, nube, ángel, instrumento musical, pero siempre en relación con la ciudad. La identidad se disuelve en el espacio urbano, que es al mismo tiempo madre, amante y tumba.
⚔️ La ciudad contra la muerte
Uno de los núcleos más potentes del poema es la confrontación entre la ciudad y la muerte. La muerte aparece como perro, como sombra, como fuerza que roe y destruye. Pero la ciudad la desdeña, la vence, la reclina “como si fuese un perro disecado.” La ciudad no niega la muerte, la incorpora, la viste de plaza, de cementerio, de iglesia. La convierte en parte de su tejido.
Aquí se revela una visión metafísica: la ciudad es el espacio donde la muerte se neutraliza, donde se transforma en memoria y permanencia. La ciudad eterniza al niño que muere, resuena al ruiseñor que perece. La muerte, que en lo individual es definitiva, en lo colectivo se convierte en continuidad.
🐟 El símbolo del pez
El hablante se declara pez, eco de la muerte, forma indestructible. El pez es símbolo de lo acuático, de lo fluido, de lo que se mueve en silencio. También es símbolo cristiano, de fe y de trascendencia. En el poema, el pez es la figura que encarna la fragilidad y la resistencia: un ser que nada en el olvido, que se vuelve indestructible en su entrega a la ciudad.
El pez es también metáfora de la mirada: ojos eternos que contemplan la ciudad y la muerte. Es un ser que se sabe sombra, pero que insiste en permanecer. “El testamento del pez” es, entonces, el legado de una voz que se reconoce mortal, pero que se entrega a la ciudad como forma de trascendencia.
🎶 La enumeración como música
El poema despliega largas enumeraciones: “sombrero, fruta, estrépito, silencio, / la aurora, lo nocturno, lo imposible…” Estas listas funcionan como música, como ritmo que envuelve al lector. Son catálogos de existencia, inventarios de lo vivido. La voz poética se multiplica en objetos, en estaciones, en instrumentos. Es un gesto barroco, de exceso verbal, que busca abarcarlo todo.
La enumeración no es gratuita: es la manera en que el hablante se funde con la ciudad, se convierte en parte de su tejido. Cada objeto nombrado es una forma de permanencia, un modo de resistir la muerte.
🌟 La ciudad como eternidad
El poema culmina con la visión de la ciudad laborando contra la muerte, renaciendo en cada instante. La ciudad es eterna porque se reinventa, porque convierte la pérdida en memoria, porque transforma la destrucción en estructura. La ciudad es esperanza, impalpable tejido, patria sonora de los frutos.
El hablante desea ser sombra, objeto, estrella en la ciudad. Su testamento es la entrega total: perderse en la ciudad para permanecer en ella. La ciudad es la única forma de eternidad posible.
📌Un testamento colectivo
“Testamento del pez” es un poema que trasciende lo individual. La voz poética se confiesa mortal, pero se entrega a la ciudad como espacio de permanencia. La ciudad es amada porque resiste, porque enfrenta la muerte, porque convierte la pérdida en memoria. El pez es símbolo de esa entrega, de esa fluidez que se vuelve indestructible en lo colectivo.
El poema dialoga con la tradición barroca, con la poesía metafísica, con la elegía urbana. Pero lo hace con pasión, con enumeraciones musicales, con imágenes desbordadas. Es un testamento porque es legado: la voz se entrega a la ciudad para que la ciudad lo eternice.