📸 Reinaldo Arenas (1943–1990)
Novelista, poeta y dramaturgo cubano, nacido en Holguín y fallecido en Nueva York. Figura clave de la literatura latinoamericana, su obra —desde "Celestino antes del alba" hasta la autobiografía "Antes que anochezca"— combina imaginación desbordante, denuncia política y testimonio personal. Perseguido en Cuba por su disidencia y su homosexualidad, vivió el exilio con intensidad y dejó un legado que lo consagra como una de las voces más libres y desgarradas del siglo XX. Foto: Revista Conexos.
INTRODUCCIÓN DEL SÍMBOLO DE LA FE
Sé que más allá de la muerte
está la muerte,
sé que más acá de la vida
está la estafa.
Sé que no existe el consuelo
que no existe
la anhelada tierra de mis sueños
ni la desgarrada visión de nuestros héroes.
Pero
te seguimos buscando, patria,
en las traiciones del recién llegado
y en las mentiras del primer cronista.
Sé que no existe el refugio del abrazo
y que Dios es un estruendo de hojalata.
Pero
te seguimos buscando, patria,
en las amenazas del nuevo impostor
y en las palmas que revientan buldoceadas.
Sé que no existe la visión
del que siempre parece entre las llamas
que no existe la tierra presentida.
Pero
te seguimos buscando, tierra,
en el roer incesante de las aguas,
en el reventar de mangos y mameyes,
en el tecleteo de las estaciones
y en la confusión de todos los gritos.
Sé que no existe la zona del descanso
que faltan alimentos para el sueño,
que no hay puertas en medio del espanto
Pero
te seguimos, buscando, puerta,
en las costas usurpadas de metralla,
en la caligrafía de los delincuentes,
en el insustancial delirio de una conga.
Sé
que hay un enorme torrente de ofensas aún guardadas
y arsenales de armas estratégicas,
que hay palabras malditas, que hay presiones
y que en ningún sitio está el árbol que no existe.
Pero
te seguimos buscando, árbol,
en las madrugadas de cola para el pan
y en las noches de colas para el sueño.
Te seguimos buscando, sueño,
en las contradicciones de la historia
en los silbidos de las perseguidoras
y en las paredes atestadas de blasfemias.
Sé
que no hallaremos tiempo
que no hay tiempo ya para gritar,
que nos falta la memoria,
que olvidamos el poema, que, aturdidos,
acudimos a la última llamada
(El agua, la cola del cigarro).
Pero
te seguimos buscando, tiempo,
en nuestro obligatorio concurrir a mítines,
funerales y triunfos oficiales,
y en las interminables jornadas en el campo.
Te seguimos buscando, palabra,
por sobre las charlas de las cacatúas
y el que vendió su voz por un paseo,
por sobre el cobarde que reconoce el llanto
pero tiene familias… y horas de recreo.
Te seguimos trabajando, poema,
por sobre la histeria de las multitudes
y tras la consigna de los altavoces,
más allá del ficticio esplendor y las promesas.
Que es ridículo invocar la dicha
que no existe ‘la tierra tan deseada’
que no hallarán calma nuestras furias.
Todo eso lo sé.
Pero te seguimos buscando, dicha,
en la memoria de un gran latigazo
y tras el escozor de la última patada.
Te seguimos buscando, tierra,
en el fatigado ademán de nuestros padres
y en el obligatorio trotar de nuestras piernas.
Te seguimos buscando, calma,
en el infinito gravitar de nuestras furias
en el sitio donde confluyen nuestros huesos
en los mosquitos que comparten nuestros cuerpos
en el acoso por sueños y aceras
en el aullido del mar
en el sabor que perdieron los helados
en el olor del galán de noche
en la idea convertida en interjecciones ahogadas
en las noches de abstinencia
en la lujuria elemental
en el hambre de ayer que hoy hambrientos condenamos
en la pasada humillación que hoy humillados denunciamos.
En la censura de ayer que hoy amordazados señalamos
en el día que estalla
en los épicos suicidios
en el timo colectivo
en el chantaje internacional
en el pueril aplauso de las multitudes
en el reventar de cuerpos contra el muro
en las mañanas ametralladas
en la perenne infamia
en el impublicable ademán de los adolescentes
en nuestra voracidad impostergable
en el insolente estruendo de la primavera
en la ausencia de dios
en la soledad perpetua
y en el desesperado rodar hacia la muerte
Te seguimos buscando
te seguimos
te seguimos.
🔥Reinaldo Arenas (1943–1990) es uno de esos poetas que no se leen con calma, sino con vértigo. Su escritura es un torrente de imágenes, de denuncias, de gritos que se convierten en poesía. En este poema Reinaldo despliega un manifiesto desgarrado sobre la patria, la memoria y la desesperanza, pero también sobre la obstinación de seguir buscando lo que parece perdido.
🌪️ La repetición como obsesión
El poema se construye sobre un ritmo obsesivo: “Sé que no existe… pero te seguimos buscando.” Esa estructura funciona como un latigazo constante. Arenas afirma la ausencia, la imposibilidad, la estafa, pero inmediatamente contrapone la búsqueda. Es un poema de negaciones y persistencias, donde la desesperanza no cancela la obstinación.
🇨🇺 La patria como fantasma
La patria aparece como un espectro que no se encuentra en los cronistas, ni en los impostores, ni en las palmas arrasadas. Es una patria mutilada, traicionada, buldoceada. Sin embargo, el poeta insiste en buscarla en los restos, en las colas del pan, en las madrugadas de hambre, en los cuerpos golpeados contra el muro. La patria es ausencia, pero también es obsesión colectiva.
🕯️ La fe como símbolo roto
El título habla de “símbolo de la fe”, pero lo que encontramos es la demolición de toda fe tradicional: Dios es “un estruendo de hojalata”, el consuelo no existe, la dicha es ridícula. Arenas dinamita las certezas religiosas y políticas. La única fe que queda es la búsqueda misma, la obstinación de seguir nombrando lo que no existe.
💥 La violencia del lenguaje
El poema está lleno de imágenes brutales: “reventar de cuerpos contra el muro”, “mañanas ametralladas”, “épicos suicidios”. Arenas no suaviza la experiencia cubana, la convierte en un catálogo de infamias. Su lenguaje es directo, visceral, sin metáforas evasivas. La poesía se convierte en denuncia, en testimonio de la violencia histórica y cotidiana.
🌀 La memoria y el olvido
Arenas reconoce que falta la memoria, que se olvida el poema, que se acude aturdido a la última llamada. La repetición de “te seguimos buscando” es también un intento de resistir al olvido. La poesía se convierte en acto de memoria, aunque sea memoria rota, fragmentada, desesperada.
📌 La obstinación como fe
En “Introducción del símbolo de la fe” Arenas nos dice que no hay consuelo, que no hay dicha, que no hay tierra prometida. Pero la fe no está en encontrar, sino en seguir buscando. La obstinación misma es la fe. El poema es un himno desesperado, un manifiesto de resistencia, un testimonio de que incluso en la ausencia total, la búsqueda persiste.