📸 Jorge Luis García Prieto (PoeCid, La Habana, 1979)
Autor de los libros Poemas subsidiados (2013), Errático animal (2018) y El lado sano de la lágrima (2019). Sus textos aparecen en antologías y revistas de Cuba, México, Chile, Argentina, España, El Salvador, Italia y Estados Unidos, consolidándolo como una voz versátil y contemporánea de la poesía cubana. Foto propia
Se empiezan a derrumbar el techo el piso la hora la fecha tu edad la aurora del calendario insular. ¿Bajo cuál bunker salvar el aura los abisales reflejos los animales que somos (el sueño extinto). ¿Cómo empastarle al instinto sus caries accidentales? ¿Qué sigue intacto a cuál costo lo vertical se posterga? Se va la crisis de juerga regresa el futuro angosto abril se dobla y agosto deja un espacio ( ) vacío. El hoy no amanece mío y las mañanas despistan. No se derrumben resistan ordena el libre albedrío. Posmodernistas costumbres unen biblias crack opiáceos “Salvemos a los cetáceos.” ¿Y al hombre bajo las cumbres preñadas de incertidumbres quién le apuntala la sombra? Cuando un anzuelo lo nombra a dos panes de engancharlo ¿qué fiera vendrá a secarlo para exhibirlo de alfombra? Al hombre que es la mujer y es el niño entre los brazos se le desprenden pedazos que Dios no logra coser. Al niño que es el ayer y un trocito de lo puro lo blando se le hace duro y aún sin dientes sus encías parecen las alcancías del hambre para el futuro. Pobre del niño que fui y del viejo que seré y pobre el viejo que esté siendo el niño del que huí. Bien atrás me dejo a mí. ¿Podré imitar un resorte? ¿Entre este sur y aquel norte seré un producto que expira? ¿Seré un rostro que suspira preso de algún pasaporte? ¿Sin yang ni yin ni rodajas de salmón para el almuerzo sin cerveza? Cuando tuerzo la lengua entre las mortajas que me cubren cabizbajas las tiñosas en lo alto vigilan el sobresalto oscuro de mi país. Hoy morderé una raíz un vidrio un trozo, de asfalto. Muerde el hombre nace y muerde domesticado y locuaz. El hombre con un disfraz de hombre sin disfraz se pierde. Ve carmelita lo verde y transparentes las huellas de sus naufragios. Estrellas y yugos como ambas caras se invierten en las cucharas y el fondo de las botellas. Para el arte de morder nació el hombre y luego muerto sigue su instinto despierto como intentando volver sonriente a su deber soldado de la angostura prisionero de la dura misión dentada emergente. Muere el hombre diente a diente. Renace sin dentadura. Y en su historia está la historia dual de toda circunstancia. La que esgrime una distancia entre el hecho y la notoria fabulación la aleatoria que no admite salvedades la que observa realidades y nunca va al oculista. La historia que nació lista para todas las edades. Una prisión por familia un cementerio por casa un cadalso por si pasa algún héroe en su vigilia. La desunión reconcilia mientras se fermenta el pan y se desgrana el imán y ya no queda otra opción que reescribir un guión donde falten los que están. Los que están están tan lejos de estar que no están ausentes siquiera y son inocentes de no tener catalejos para ver sus entrecejos vacíos de trayectoria sobre el tren de la ilusoria realidad que los depura. ¿Acaso estar asegura formar parte de una historia que le oxidó el mecanismo al reloj y al ascensor? ¿Quién desconectó el motor que impulsaba al comunismo? El Hombre se ve a sí mismo en atasco medio hombre. El hombre se busca un nombre para contar con nombrarse cuando no llegue a quedarse siquiera con su pronombre. El Hombre se pone Libra -Esterlina de apellido- en la inmediatez que ha sido y el hombre ya es HOMBRE y vibra. Ya el HOMBRE puede en la fibra de su espíritu hospedarse. Ya el HOMBRE puede llamarse y con gusto responderse. Ya el HOMBRE puede venderse ya el HOMBRE puede comprarse. ¿En cuántos fragmentos rotos de sí los HOMBRES se ulceran?¿Qué presienten los que esperan desde el vientre o desde fotos amarillas los devotos a modernas incisiones los que entre interrogaciones cuestionan del sol la luz? Aquellos que a cara o cruz apuestan revoluciones. Están los vidrios dispersos y es que el hombre es de un cristal que se oxida un arrabal un manojillo de versos sin origen con reversos afilados al desfogue. Quien se arrodille y abogue por él perderá la urgencia onírica la cadencia refractaria de su azogue. Harakiris sinestesia obituarios papilomas al mejor yonki diplomas la muerte vende anestesia la justicia tiene amnesia el porvenir es tan fino que no lo encuentra el destino. El porvenir ha llegado y nadie de él se ha enterado ni su esposa ni el vecino. Michael Jackson yo no sé y también partió Mandela. Lo que viene es la secuela aguada de lo que fue. Hay trilces tan fuertes que nos vuelven quintomesinos aún sin formar inquilinos del odio de los espejos y relojes. Malos viejos excelentes asesinos.
📝 Estamos ante un texto que se disfraza de prosa, pero que en realidad late en décimas. Es decir, la cadencia, el ritmo, las pausas y hasta las rimas internas nos recuerdan que el poeta está jugando con la tradición de la décima espinela, pero la ha soltado de su corsé formal para que respire como un torrente de imágenes. Eso ya es un gesto posmoderno: tomar la forma clásica y desarmarla para que funcione como discurso continuo.
🌪️ Derrumbe y resistencia
El inicio es un desplome: techo, piso, hora, fecha, edad, aurora. Todo se derrumba. El poeta nos coloca en un escenario de crisis total, donde incluso el tiempo y la identidad se desmoronan. Pero inmediatamente aparece la orden del libre albedrío: “No se derrumben, resistan.” Aquí está la tensión central del texto: el mundo se cae, pero el hombre debe resistir, aunque sea con los dientes.
🧩 El texto insiste en que el hombre es mujer, niño, viejo, pasaporte, disfraz. Es un hombre que se descompone en pedazos que ni Dios logra coser. Esa fragmentación es la metáfora de la identidad contemporánea: ya no somos un bloque sólido, sino un mosaico de roles, edades y pérdidas. PoeCid lo dice con crudeza: el niño que fui, el viejo que seré, el hombre que se busca un nombre porque ni siquiera conserva su pronombre. Es la crisis del sujeto moderno, atrapado entre sur y norte, entre hambre y burocracia.
🦷 Una de las imágenes más potentes es la del hombre que muerde. Morder raíces, vidrio, asfalto. Morder como instinto, como deber, como misión dentada. El hombre nace mordiendo y muere diente a diente. Incluso renace sin dentadura. Esta metáfora es brutal: la vida es un acto de morder, de desgarrar, de resistir con la boca. El poeta convierte la dentadura en símbolo de la lucha existencial. Y cuando ya no hay dientes, queda el instinto, la memoria del mordisco.
📖 Historia y fabulación
El texto se abre hacia la historia colectiva: prisiones por familia, cementerios por casa, cadalsos por héroes. Es la Cuba contemporánea, pero también cualquier sociedad marcada por represión y crisis. PoeCid denuncia la desunión, la necesidad de reescribir un guión donde falten los que están. La historia aparece como un mecanismo oxidado, un reloj roto, un motor desconectado del comunismo. Aquí el poeta se atreve a señalar la gran pregunta política: ¿quién desconectó el motor? La historia se convierte en un campo de batalla entre realidad y fabulación, entre lo que se cuenta y lo que se oculta.
💸 Otro eje fuerte es el del hombre convertido en producto: se pone “Libra-Esterlina de apellido”, puede venderse y comprarse. Es el hombre mercantilizado, atrapado en el mercado global. PoeCid ironiza sobre la pérdida de identidad: ya no somos pronombres, somos marcas, monedas, mercancías. El hombre vibra, sí, pero vibra como producto.
🌍 Referencias culturales y globales
El texto no se queda en lo local. Aparecen Michael Jackson y Mandela, símbolos de cultura y política global. La mención es casi casual, como si el poeta dijera: todo se mezcla, todo se diluye en la secuela aguada de lo que fue. Es un guiño a la globalización, a la simultaneidad de referentes que conviven en nuestra memoria.
🧨 La escritura de PoeCid es torrencial: harakiris, sinestesia, obituarios, papilomas, diplomas, anestesia, amnesia. Es una lista interminable, un inventario caótico que refleja el exceso de la vida contemporánea. El poeta no busca claridad, busca saturación. Es un estilo que recuerda al barroco, pero con ingredientes posmodernos: drogas, justicia amnésica, porvenir invisible.
📌 Un espejo roto
Este texto sin título es un espejo roto de la condición humana. Cada décima disfrazada de prosa es un fragmento que refleja crisis, hambre, mercado, historia, muerte. El hombre aparece como cristal oxidado, arrabal, manojillo de versos. PoeCid nos dice que la identidad está hecha de pedazos, que la historia es un guión incompleto, que el porvenir ya llegó pero nadie lo notó.
Este poema es, además, un ejercicio de resistencia estética: toma la décima, la rompe, la convierte en torrente, y con ella nos muestra un mundo en ruinas donde el hombre muerde para sobrevivir. Es un texto que exige lectura lenta, pero también lectura visceral. No se trata de entender cada imagen, sino de dejarse arrastrar por la corriente y reconocer que, en medio del derrumbe, seguimos mordiendo.