đź“· LucĂa Muñoz (Bayamo, Granma, 2 de septiembre de 1953).
Es poeta, narradora y promotora de lectura. Ha publicado numerosos libros, entre ellos: “Calle arriba bajo la lluvia”, 1982; “Amarte sin saber el dĂa”, 1984; “Hacia otra dimensiĂłn”, 1989; “Siguen el vuelo del ave”, 1990; “Pongo de este lado los sueños”, 1990; “Sobre hojas que nadie ve”, 1994; “Los más bellos bisontes de la tierra”, 1997; “Amargo ejercicio”, 2000; “Piel de flamboyanes”, 2003; “Arena del tiempo”, 2003; “El llanto de Dios”, 2005; “Un abanico es la noche”, 2005; “TrĂ©bol de la suerte”, 2006. Foto: Ecured.
UNA MUJER PUEDE ANDAR
Una mujer puede andar por la calle
con el ancho pecho de res abierto,
al aire el corazón, más grande
que sus puños cerrados.
Lleva entre los pulmones
toda la angustia clavada,
toda la distancia.
Cuando pasa,
alguien dice la felicidad no es un invento,
la suerte es un adagio.
Feliz quien tiene viva esa certeza agonizante.
Una mujer puede andar
con el ancho pecho de res
horriblemente abierto
mientras el aire esparce
toda la oscuridad recogida en su cabeza.
“Una mujer puede andar”: el pecho abierto de LucĂa Muñoz
Hay poemas que no se leen, se habitan. “Una mujer puede andar” de LucĂa Muñoz es uno de ellos. No es un texto que se despliegue ante los ojos, sino que se clava como un cuchillo y nos deja con la sensaciĂłn de que algo se ha abierto dentro de nosotros. No es casualidad que la imagen central sea el pecho de res, “horriblemente abierto”: aquĂ la poesĂa no es ornamento, sino herida y, a la vez, respiraciĂłn.
El poema comienza con una afirmaciĂłn que es tambiĂ©n un desafĂo: “Una mujer puede andar / por la calle / con el ancho pecho de res abierto”. No es una caminata cualquiera. Es un acto de resistencia, de exposiciĂłn voluntaria. El pecho abierto no es metáfora de vulnerabilidad pasiva, sino de una fuerza que se niega a esconderse. El corazĂłn, “más grande que sus puños cerrados”, late al aire, como si el cuerpo de la mujer fuera un campo de batalla donde la vida y el dolor se disputan el mismo espacio. LucĂa Muñoz no nos habla de una mujer abstracta, sino de una que carga “toda la angustia clavada, / toda la distancia”. La angustia no es un sentimiento: es un objeto punzante, algo que se lleva dentro como un clavo oxidado.
Y luego, el giro: “Cuando pasa, / alguien dice la felicidad no es un invento, / la suerte es un adagio”. AquĂ el poema se vuelve coral. La mujer no está sola; su paso provoca reacciones, suscita reflexiones ajenas. La felicidad, esa idea tan manida, se revela como algo que no se fabrica, sino que se descubre en el gesto de seguir caminando a pesar de todo. Pero atenciĂłn: no es un consuelo fácil. La suerte es un “adagio”, algo lento, casi doloroso, como la mĂşsica que se arrastra. Y la certeza de que la felicidad existe es, al mismo tiempo, “agonizante”. LucĂa Muñoz no nos ofrece soluciones, sino verdades crudas: la felicidad y el dolor no son opuestos, sino compañeros de viaje.
El poema cierra con la repeticiĂłn de la imagen inicial, pero ahora el pecho abierto no solo es un acto de valentĂa, sino tambiĂ©n de dispersiĂłn: “mientras el aire esparce / toda la oscuridad recogida en su cabeza”. La mujer no solo lleva su dolor, lo libera. El aire, ese elemento invisible y necesario, se convierte en cĂłmplice. La oscuridad no es algo que se acumula, sino que se comparte, se esparce. Y asĂ, el poema se transforma en un ritual: el de caminar con el pecho abierto, sabiendo que la luz y la sombra son parte del mismo paso.
LucĂa Muñoz escribe desde Cuba, pero su voz trasciende fronteras. Este poema es universal porque habla de lo que todas las mujeres —y todos los seres humanos— conocemos: la lucha por existir sin disimular, por habitar el mundo con las heridas al aire. No es un texto sobre la victimizaciĂłn, sino sobre la potencia de seguir andando. La poeta no nos pide que la compadezcamos, sino que la acompañemos en ese caminar.
Y al final, uno se queda con la sensaciĂłn de que el poema no termina en el papel, sino que continĂşa en cada mujer que, en cualquier calle del mundo, decide abrir el pecho y seguir adelante.
¿Y tú, lector, qué llevas abierto al aire?