Saludos cordiales, queridos amigos de . Me reencuentro con ustedes a través de #ecency para compartir una nueva reseña.

Han pasado unos veinte años desde que leí por primera vez a Osvaldo Soriano. Veinte años de relecturas, de recomendarlo en talleres, de volver a emocionarme con esa forma suya de narrar la derrota sin estridencias, como si la tristeza tuviera un ritmo y él lo hubiera descifrado. Me gusta toda la literatura argentina y buena parte de su música, y en Soriano encuentro esa fusión perfecta: el aliento del tango metido en la prosa, esa manera de contar a los perdedores sin hacerlos héroes, apenas hombres.
Cuarteles de invierno es eso. Un boxeador caído, Rocha, y un cantor, el narrador sin nombre, exiliados en un pueblo de provincia que los usa y los humilla. La novela transcurre en pocas horas: la víspera de una pelea arreglada, la noche del combate, la huida final. Pero ese tiempo breve lo contiene todo: la complicidad de los militares con el poder político (ese personaje siniestro que es Ávila Gallo), el pueblo que aplaude a sus propios opresores, la soledad de dos tipos que ya no son jóvenes y que apenas se tienen el uno al otro.
Hay una escena antológica que resume la mirada de Soriano: la multitud festejando la victoria amañada, los autos con banderas, las sirenas, las bengalas iluminando el cielo mientras los protagonistas intentan escapar sin que nadie los vea. “Mis puteadas se perdían en la euforia de los demás”, dice el narrador. Esa línea encierra toda una tesis sobre la Argentina. El que grita la injusticia queda solo; la fiesta sigue.
Me gusta Soriano porque no necesita adjetivos grandilocuentes ni estridencias para mostrar el horror. No dice “los torturadores”, no explica. Te muestra a cuatro soldados de guardia, la voz de Leonardo Favio sonando de fondo, y con eso te basta. La técnica narrativa es impecable: diálogo seco, elipsis precisa, personajes que dicen menos de lo que sienten. No le envidia nada a ningún norteamericano, y eso que Salinger (cuyo Guardián aparece en las primeras páginas de este mismo cuaderno) era su modelo confeso. Pero Soriano no copia: argentiniza.
Y al hacerlo, construye un mundo tan nuestro como el potrero, como las canciones de Fito Páez que hablan de la locura de los años noventa, como los acordes rotos de Charly García en las madrugadas del rock nacional. Porque leer a Soriano es parecido a escuchar Cerca de la revolución o Demoliendo hoteles: hay una lucidez furiosa que se disfraza de melancolía.
Y está Maradona, claro. No aparece en esta novela, pero está, creo verlo en ese espíritu del que la pelea con la autoridad desde abajo, del genio que carga con un país entero a cuestas mientras los poderosos lo usan y lo escupen. Rocha es un Maradona vencido, un Gatica que ya no puede más, pero que todavía se levanta. Soriano escribió de boxeadores porque sabía que el ring es como la Argentina: allí arriba te pegan, te arreglan las tarjetas, el público te abandona si pierdes. Y sigues de pie. O te caes, pero a tu manera.
Leí el prólogo de Osvaldo Bayer para esta publicación y estoy de acuerdo con casi todo. Bayer dice que la humillación es permanente “porque nos humillamos”. Y sí, hay algo de eso. Pero creo que Soriano va más allá: muestra que la humillación también se combate con las pequeñas lealtades, con no abandonar al compañero. Por eso Rocha y el cantor, dos tipos rotos, se salvan. No ganan. Pero se quedan juntos.
Agradezco mucho a Abelardo Castillo porque gracias a él soy escritor. Y de Soriano, que aprendí a leer después, digo esto: sus libros se resisten a morir. Cuarteles de invierno fue la segunda parte de una trilogía que nunca se completó, pero al llegar a la última página uno entiende que está todo dicho. La derrota, la amistad, el boxeo, el tango, los milicos de Colonia Vela. Todo.
© Marabuzal, 2026. Contenido original. Todos los derechos reservados.

Warm greetings, dear friends of . I'm reconnecting with you through #ecency to share a new review.

🇦🇷 📗 "Winter Quarters" by Osvaldo Soriano | Review (ESP-ENG)
It's been about twenty years since I first read Osvaldo Soriano. Twenty years of rereading him, of recommending him in workshops, of being moved once again by his way of narrating defeat without fanfare, as if sadness had a rhythm and he had deciphered it. I love all Argentine literature and much of its music, and in Soriano I find that perfect fusion: the breath of tango infused into the prose, that way of portraying losers without making them heroes, simply men.
Winter Quarters is precisely that. A fallen boxer, Rocha, and a singer, the nameless narrator, exiled in a provincial town that uses and humiliates them. The novel unfolds in just a few hours: the eve of a fixed fight, the night of the bout, the final escape. But that brief time contains everything: the complicity of the military with political power (that sinister character, Ávila Gallo), the people applauding their own oppressors, the loneliness of two men who are no longer young and who barely have each other.
There's an iconic scene that encapsulates Soriano's perspective: the crowd celebrating the rigged victory, the cars with flags, the sirens, the flares lighting up the sky while the protagonists try to escape unnoticed. "My curses were lost in the euphoria of the others," the narrator says. That line encapsulates an entire thesis about Argentina. He who cries out against injustice is left alone; the party goes on.
I like Soriano because he doesn't need grandiloquent adjectives or stridency to show the horror. He doesn't say "the torturers," he doesn't explain. He shows you four soldiers on guard, the voice of Leonardo Favio playing in the background, and that's enough. The narrative technique is impeccable: terse dialogue, precise ellipses, characters who say less than they feel. He envies nothing of any American writer, even though Salinger (whose Catcher appears in the opening pages of this very notebook) was his avowed model. But Soriano doesn't copy: he Argentinizes.
And in doing so, he constructs a world as much ours as the vacant lot, as Fito Páez's songs that speak of the madness of the nineties, as Charly García's broken chords in the early hours of Argentine rock. Because reading Soriano is similar to listening to Cerca de la revolución or Demoliendo hoteles: there's a furious lucidity disguised as melancholy.
And there's Maradona, of course. He doesn't appear in this novel, but he's there; I think I see him in that spirit of the one who fights against authority from below, the genius who carries an entire country on his shoulders while the powerful use and spit on him. Rocha is a defeated Maradona, a Gatica who can't go on anymore, but who still gets back up. Soriano wrote about boxers because he knew the ring is like Argentina: up there they hit you, they rig the scorecards, the crowd abandons you if you lose. And you keep standing. Or you fall, but in your own way.
I read Osvaldo Bayer's prologue for this publication and I agree with almost everything. Bayer says that humiliation is constant "because we humiliate ourselves." And yes, there's some truth to that. But I think Soriano goes further: he shows that humiliation is also combated with small acts of loyalty, by not abandoning your comrade. That's why Rocha and the singer, two broken men, survive. They don't win. But they stay together.
I'm very grateful to Abelardo Castillo because thanks to him I'm a writer. And about Soriano, whom I learned to read later, I say this: his books refuse to die. Winter Quarters was the second part of a trilogy that was never completed, but when you reach the last page, you understand that everything has been said. Defeat, friendship, boxing, tango, the soldiers of Colonia Vela. Everything.
(Google Translation)
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