"El tiempo lo cura todo" es una de las frases más comunes relacionadas con la sanación emocional, pero la verdad se aleja mucho de ello, porque muchos adultos aún sufrimos las heridas que de niños vivimos y que el tiempo no han logrado sanar.
Llegamos a tener heridas tan profundas, que se encuentran en nuestra psique, que las ignoramos y ellas se manifiestan en forma de conductas, sin darnos cuenta el tiempo no las sanó, solamente llegó a anestesiarlas y se abren de cuando en vez, haciéndonos sufrir nuevamente, gritándonos su existencia, pero muchos somos incapaces de escucharlas.
Nos dice Sheila Morataya en su artículo, las heridas gritan que:
Si recurres al alcohol. Si tienes alguna adicción de carácter sexual. Si te has casado tres veces. Si maltratas a tu pareja. Si les gritas a tus hijos. Si tienes miedo de quedarte sola. Si te peleas por pequeñeces. Si te sientes diferente a los demás. Si te da miedo el futuro. Si dudas de tus propias capacidades. Si te preguntas por el sentido de tu vida, son tus heridas que piden ‘necesito que me cures, necesito que me escuches.
Es decir, necesitamos escuchar nuestras heridas, analizando nuestras conductas y actuar, en consecuencia, identificando dónde nos duele, para evitar que se infecten, se llenen de pus y nos incapaciten para ser felices, al punto que nos podremos desarrollar nuestro máximo potencial, menos aún ser auténticos, ni vivir desde nuestro corazón.
De allí, la necesidad imperiosa de aprender a escuchar los gritos de nuestras heridas, porque asumiremos el rol de dominadores, responsables y actores para sanarlas, ya sea buscando ayuda profesional, que es lo primordial en cada caso, transitando el camino del autodescubrimiento, la autoaceptación y el agradecimiento.
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