“Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o se llegará al uno y menospreciará al otro: no podéis servir a Dios y a Mammón.”
Mateo 6:24
¿Qué tanto estamos dispuestos a sacrificar a cambio de riqueza, fama y poder?
Habrá quienes digan que el dinero no lo es todo en la vida, y quienes digan que sin el dinero la felicidad se esfuma.
Gerardo pertenecía al segundo bando, pues había vivido toda su vida –escasos 26 años– inmerso en la pobreza y la precariedad, sin poder darse ningún gusto, que sus padres tampoco habían podido suplir. Estaba empeñado en salir de su situación a cualquier costo.
Los libros de Kiyosaki eran su biblia, y los consultaba para cada decisión que tomaba. A su corta edad había pasado por todo tipo de trabajos y emprendimientos que terminaban fracasando, por factores múltiples, especialmente la crisis económica de su país que no le permitía tomar impulso.
–Tengo que hallar la clave para despegar, y cuando lo logré no me van ver más el rostro en este miserable pueblo –se decía a sí mismo con un aire de rencor y desprecio hacia la vida.
Andando, con su agenda llena de posibles clientes por visitar, sus pantalones raídos y sus desgastados zapatos, pasaba por un callejón solitario que terminaba en un boulevard junto al lago, cuando una brisa repentina lo sorprendió dificultando su visión; una apresurada sombra lo tropezó haciéndolo perder el equilibrio; se apoyó en la pared de ladrillos, y vio un cartel que decía: “Tú tiempo ha llegado, sigue el callejón a la izquierda y cambia el rumbo de tu vida”.
No tenía nada que perder y su curiosidad y ansiedad le carcomían el alma. Total, ya estaba allí y el cliente que lo esperaba había cancelado sus órdenes de pedido en las últimas visitas. Avanzó unos pasos y miró hacia el pasillo a la izquierda, nunca antes se había fijado en ese pasillo que culminaba en una enorme puerta negra.
Un hombre alto de traje de etiqueta lo invitó a pasar y le indicó que se sentara frente a un escritorio junto a un enorme ventanal de vidrio que mostraba una visión panorámica del lago. Era un espectáculo exuberante y embriagador. Le colocó cerca de su mano un vaso de coñac y un habano con un encendedor que parecía ser de oro. No los tocó.
Luego de un rato a solas, se abrió una puerta lateral y un pequeño hombre encorvado, pero bien vestido, entró y se sentó del otro lado del escritorio.
–No, estaré con rodeos contigo Gerardo. En esta vida solo hay dos grupos de personas, los mediocres que siguen el ritmo que la vida les impone, y los que mueven los hilos de todas esas miserables marionetas. Tu alma noble y sincera me dice que estás harto de ser parte de los primeros y yo te ofrezco formar parte de la élite que todo lo tiene y todo lo puede. Relájate, tómate un trago y enciende tu puro.
Gerardo trató de responder, pero un nudo en la garganta no le permitió pronunciar palabra alguna. Carraspeó y se tomó un trago del coñac, cuyo cálido y suave sabor le supo cómo imaginaba que sería el elixir de los dioses.
Agarró valor y quiso comportarse a la altura de las circunstancias, porque una oportunidad como esa no se le presenta nunca a la gente común. Tomó el tabaco de la mesa, lo olió de un extremo a otro, como había visto que hacían en las películas de Humphrey Bogard. Lo encendió y mantuvo el fuego encendido presionando con su pulgar sobre el encendedor de oro.
Siluetas como sombras caminaban sobre las aguas del lago, pero él no las vio porque estaba absorto en la nube de humo que salía de su boca.
Cruzó las piernas y se recostó cómodamente en la silla, y vio que sus zapatos eran nuevos y brillaban. Las mangas de su camisa sobresalían de un traje, ajustadas por sendas mancornas de oro. Se asustó, pero le gustaba todo lo que veía.
–¿Qué debo hacer o cuál es el precio que tengo que pagar para formar parte de su élite? ¿Acaso debo firmar algo con sangre para entregarles mi alma?
–¡No¡ no hace falta. Ya con tus huellas dactilares has entregado tu alma a Mammón. El mundo ahora te pertenece mientras vivas. Ve y disfrútalo, porque no se sabe cuándo nuestro dios vaya a reclamar su preciada pertenencia.
Gerardo salió del callejón custodiado por las sombras de muerte.
--Texto de mi autoría E.Rivera--
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LA FOGATA: Concurso de literatura creativa. Edición # 12
La idea es que nos inspiremos en una imagen [foto creada por
con AI] para hacer un relato corto de entre 200 y 1.000 palabras, en idioma español o bilingüe, pero uno de los idiomas debe ser español.
Se podrá concursar en los géneros literarios Misterio/Policíaco, Fantasía/Ciencia Ficción y Terror con solo un relato por cada autor.