¡Hola a todos! Esta semana he estado reflexionando sobre algo que me inquieta desde hace tiempo: la rutina. Y es que, estando en plenas festividades de la Divina Pastora en mi arquidiócesis, me he dado cuenta de lo fácil que es caer en la monotonía y perdernos las pequeñas grandes cosas que nos ofrece la vida.
Les cuento que se acerca la visita de la Divina Pastora, un evento que llena de alegría a toda la comunidad católica. Mientras se acerca este día el pequeño pueblo de Santa Rosa se transforma en un lugar mágico, donde la fe se mezcla con la algarabía de las festividades. Hay misas, actos folclóricos, venta de comida deliciosa… ¡de todo! Es un ambiente perfecto para compartir y disfrutar. Hace unos días tuve la oportunidad de visitar Santa Rosa y me encantó la experiencia. Recorrer el pueblo, compartir con la gente, sentir la energía del lugar… fue realmente revitalizante. Pero entonces me pregunté: ¿no sería maravilloso que la vida siempre fuera así? La respuesta, inevitablemente, es no. Si este ambiente festivo fuera constante, probablemente perdería su encanto. Lo excepcional se volvería ordinario.
Sin embargo, esta reflexión me llevó a una conclusión importante: debemos aprovechar estas oportunidades para salir de la rutina y crear nuevas experiencias. En la actualidad, es muy fácil pasar los días encerrados, sumergidos en las pantallas. A veces me da miedo pensar que la vida se me está escapando entre los dedos mientras me pierdo en la banalidad de las redes sociales. Hay días en que me aterra la idea de que mi vida se consuma viendo Instagram, cuando allá afuera hay calor humano en las miradas, en la belleza de un árbol, en la luz del sol. Salir de la rutina me ha enseñado lo importante que es compartir con otros, conectar con el mundo real.
Con esto no quiero decir que las rutinas sean malas en sí mismas. De hecho, creo que son necesarias para organizar nuestras vidas y ser más disciplinados. Pero en medio de esas rutinas, debemos incorporar momentos que nos hagan sentir vivos, que nos llenen de alegría. Me asombra ver cómo a veces nos reunimos con amigos o familiares y todos terminan pegados a sus celulares, comunicándose a través de las pantallas en lugar de interactuar cara a cara. ¡Estamos juntos pero a la vez tan lejos! La vida es ahora, y debemos vivirla plenamente. No podemos dejar que se nos escape entre las manos mientras estamos atrapados en la rutina y la tecnología. Debemos buscar el equilibrio entre la organización que nos brindan las rutinas y la espontaneidad que nos permite disfrutar de la vida.
Les cuento que soy una mujer que valora mucho la estabilidad y el orden, por lo que las rutinas siempre han sido importantes para mí. Sin embargo, he aprendido que también necesito momentos de desconexión y aventura para recargar energías y sentirme plena. Para mí, la clave está en encontrar un equilibrio entre la rutina y la espontaneidad. No se trata de eliminar las rutinas por completo, sino de hacerlas más flexibles y adaptarlas a nuestras necesidades. También es importante incorporar actividades que nos gusten y nos hagan sentir bien, como pasar tiempo con amigos y familiares, practicar algún deporte o simplemente disfrutar de un buen dulce junto a alguien especial.
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Por todo esto, comprendo que la clave no está en demonizar la rutina, sino en comprenderla. Es una herramienta útil, sí, pero nunca debe convertirse en una jaula. La vida nos ofrece instantes únicos, conexiones genuinas y experiencias enriquecedoras que no podemos dejar pasar por estar atrapados en la inercia del día a día. Se trata de encontrar ese equilibrio delicado entre el orden y la aventura, entre la planificación y la espontaneidad. Solo así podremos vivir una vida plena, donde la rutina sea un soporte y no una limitación. Atrévete a romper con lo preestablecido, a buscar nuevas sensaciones y a escribir tu propia historia, una historia donde tú seas el protagonista y no un simple espectador.
bye