Saludos cordiales a todos los amigos de Humanitas.
Con sumo placer me presento hoy ante ustedes y publico por primera vez en esta comunidad que tanto valoro. Me siento muy agradecido de poder compartir un texto que nace de mi experiencia personal y profesional, pero sobre todo de mi deseo de dialogar con ustedes e intercambiar ideas y reflexiones.
Esta tarde he visto a una señora orar en silencio en un parque de mi pueblo. No tenía un libro en las manos ni repetía fórmulas, simplemente estaba ahí, con los ojos cerrados, como si hablara con alguien invisible. Su imagen me hizo pensar en lo profundo y universal que es el acto de orar.
La oración ha estado presente desde que el ser humano comenzó a mirar al cielo (o el bosque) y a preguntarse por los misterios de la vida. Al principio fue un solicitud de ayuda: pedir lluvia, protección, salud. Con el tiempo se volvió más compleja, más reflexiva y también más cargada de palabras y de silencios. Y aunque las culturas y las religiones la han presentado de distintas formas, en el fondo siempre ha sido igual en su esencia: un intento de hablar con lo trascendente, de abrir el corazón y lo emocional.
Platón decía que a través de la oración el individuo podía acercarse a la sabiduría y a lo divino. En la tradición judeocristiana, aprecio que los salmos y las súplicas de los profetas muestran cómo la oración como contacto entre el ser humano y Dios. Y si observamos más allá, en cualquier cultura encontramos plegarias, cantos, meditaciones, y todas llevan el mismo propósito que es conectar lo humano con lo sagrado.
Lo que hace reflexionar y mucho es que, incluso hoy, en pleno siglo XXI, la oración continúe viva. Y no sólo en los templos o en los libros, sino en la vida cotidiana de las personas. En mi consulta de psiquiatría he visto cómo orar ayuda a mis pacientes a manejar la ansiedad, el dolor, la incertidumbre. No importa si creen en Dios, en lo divino o simplemente en la fuerza de la vida: la oración les da calma, esperanza, un espacio para respirar. Como profesional laico, no puedo dejar de reconocer ese impacto.
También me han marcado las historias que he leído sobre conversiones y experiencias espirituales, y confieso que me impresionó mucho lo misterioso que rodeó la filmación de La Pasión de Cristo. Hay cosas que escapan a la explicación racional, y la oración parece estar siempre cerca de esos misterios.
Por eso digo que la oración no es solo un acto religioso, es parte de nuestra historia como seres humanos. Es una manera de relacionarnos con el mundo, de expresar lo que llevamos dentro, de buscar sentido cuando todo parece incierto. Puede ser un susurro, un pensamiento, un silencio compartido. Puede ser pedir, agradecer, confiar o simplemente desahogarse.
Al final, comprender la oración es también comprendernos a nosotros mismos. Porque en cada plegaria, en cada palabra dirigida a lo trascendente, está la huella de nuestra humanidad: nuestra necesidad de conexión, de paz y de trascendencia. Y eso, amigos, es algo que nos une más allá de credos, culturas o épocas.