Desde varios días estuvimos tratando de acompañar a nuestro querido amigo Guillermo García Campos en su comprometido estado de salud. Escribimos unos posts para solicitar apoyo (aquí el mío), pero lamentablemente no fue posible la superación de esa amenaza. Quise hacer un ejercicio que me diera cierta quietud emocional y resultó este texto, que espero alcance a ser un modesto tributo a su presencia.
a Guillermo García Campos,
in memoriam
Anoche la vida y la muerte se encontraron nuevamente, y parece que la primera decidió cederle el paso, seguramente no contenta de hacerlo. Y entonces el cuerpo se abandonó, después de tanto combate, y el recóndito pensamiento se aligeró; el latido y el respiro se aquietaron en ese instante; el guayacán despidió su olor amarillo. Y el aire del polo y la jota resonaron allá adentro emitido por el rasgueo de un cuatro solitario, el punteo de una mandolina y una voz queda de bruma sobre el mar lejano, que se escuchaba como en un dial no bien sintonizado. Pasaron las imágenes, como en un kinetoscopio. De la tierra primera, con vuelo de alcatraz y olor a ají dulce. De la segunda, las calles áridas con olor a mechurrio. De la tercera, con luz de crepúsculo, una península como un lagarto dormido, y un cerro colorado donde reverberaba una algarabía de jóvenes. También apareció una caricia de ojos negros, una cocina con fuerte olor a tomate guisado, una mesa con café recién colado, un pasillo con paredes pintarrajeadas y risas de niños… Y una tierra final, que era indefinida, infinita, como si el obturador no permitiera captarla, donde alguien dejaba una semilla. Después, todo fue paz y silencio. El aliento subió desde el guayacán al abierto cielo.
Si estás interesado, puedes escuchar un polo y una jota margariteñas aquí
Gracias por su atención.