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Hace algunos años cuando me formaba en la carrera de Estudios Internacionales en la Universidad Central de Venezuela, recuerdo una historia que mi profesor el Abogado Francisco Nieves-Croes nos comentó en la clase de Derecho Marítimo y que ahora comparto con usted amigo o amiga que me lee.
Contaba ese viejo lobo de mar prestado a las leyes que Venezuela y Colombia por años se han disputados un minúsculo archipiélago conformado por tres islas llamado Los Monjes, que no son más que tres rocas habitadas por pelícanos y gaviotas, sin vegetación ni vida salvaje, mucho menos humana. El conflicto entre ambos radicaba en el hecho que poseer la soberanía de estos islotes agregaba a ese país una importante extención en sus fronteras marítimas, en detrimento del otro.
A mediados de la década de los años cincuenta del Siglo XX la situación se complicaba aún más, tanto Venezuela como Colombia se creían con el derecho de soberanía sobre Los Monjes por lo que estuvieron a punto de irse a las armas cosa que no ocurrió debido a que el Presidente Venezolano, el General Marcos Pérez Jiménez trasladó toda la flota armada de Venezuela hacia la zona para "disuadir" a los rivales colombianos de cualquier pretensión sobre los islotes.
Mapa con la ubicación del Archipiélago Los Monjes
Pese a que los colombianos desistieron de ejercer soberanía sobre las islas ahora la táctica la dirigieron hacia el plano del derecho. En diversos escenarios internacionales alegaban al mundo que si bien reconocen la soberanía de Venezuela sobre Los Monjes este país no tenía ningún derecho de extensión marítima (mar territorial) porque el archipiélago son sólo rocas sin habitantes, por lo tanto, no son islas ya que internacionalmente la condición para que este tipo de territorio genere zona exclusiva es que tenga algún tipo de población humana.
Por supuesto, el General Marcos Pérez Jiménez no se hizo dictador uniendo chapitas de refrescos, al conocer las intenciones de sus vecinos ordenó establecer una base militar en Los Monjes, de manera que permanecieran en el lugar un mínimo de personas para conceder, por la calle del medio, la condición de islas a estas tres rocas sobre el Mar Caribe. Es así como fueron enviados dos soldados, los pioneros que harían el ejercicio de soberanía y de paso le quitarían fuerza a los alegatos de Colombia con respecto a la soledad de las islas.
En enero de 1958 el General Pérez Jiménez es derrocado por grupos polìticos y militares venezolanos, obligando al dictador a dejar el poder y vivir en el exilio en Madrid, España. Todo lo relacionado con el ex hombre fuerte de Venezuela fue destituído, reemplazado o abandonado, esto último fue justo lo que sucedió con Los Monjes, ya nadie los recordaba, ya nadie hablaba de las islas en disputa. Ni el lado Colombiano se interesó por asumir la soberanìa o seguir su posición con respecto al mar territorial, también ellos tenían sus problemas que resolver a nivel interno.
Pero es imposible dejar de lado una disputa territorial, más aún consierando las grandes reservas de petróleo y gas existentes en la zona, por lo que ambos países retornaron a sus viejas lides. Siete años después del derrocamiento y en virtud de la necesidad de ambos países de solucionar este diferendo, un viejo general le recuerda a las autoridades venezolanas que antes de la caida del dictador dos soldados fueron enviados a Los Monjes para establecer una base militar allí, el problema radica en que por la situación convulsa del país se olvidaron que estas personas estaban en ese lugar, por lo tanto, durante esos años no recibieron alimentos ni agua potable para sobrevivir.
Una comisión se acercó al lugar con la esperanza de hallar al menos a un sobreviviente. Revisaron las tres islas y lo que encontraron aparte de tenebroso también les heló la sangre. En efecto, en un punto del islote más grande lograron localizar una pequeña carpa, dentro de la misma encontraron dos pares de botas, dos fusiles, dos gorras y dos uniformes pero sólo la osamenta de un soldado. De acuerdo a lo que nos comentó el profesor Nieves-Croes, miembro de la comisión, las investigaciones determinaron que uno mató al otro y por el estudio de los únicos huesos humanos en el lugar el asesino se comió a su colega. Cuando el hambre llama no hay soberanía que valga.