Es una realidad, de niños todos teníamos un amigo con el cual hacíamos travesuras sin ningún remordimiento y sin pensar en las consecuencias. Por allá en los años 80 cuando los niños solían jugar en la calle casi sin ningún control parental mi amigo Robert y yo no lo pensábamos dos veces para meternos en algún lio.
La verdad es que sabíamos que nuestra conducta nos traería problemas pero la curiosidad y el espíritu aventurero privaban sobre la razón. Una tarde Robert me llama por teléfono, para los milenials y postmilenials este es un artefacto de color gris con un disco con 10 agujeros y un cable rizado el que se usaba para hablar con otras personas, me dice: Carlos, ven rápido, mi mamá salió al mercado y yo estoy solo aquí, quiero mostrarte algo que vi.
Estar solo en casa para ambos era algo tan raro que no podíamos desperdiciar un segundo sin aprovechar ese momento para explorar territorios desconocidos, ya saben, esos rincones que estaban prohibidos para nosotros. Le dije a mi madre que tenía que buscar un cuaderno en casa de Robert que enseguida regresaba, ella mirándome fijamente me dijo: "te quiero aquí antes de la cena carajito".
Éramos vecinos por eso no demoré ni dos segundos en llegar. Una vez dentro Robert me dice: - vamos, tenemos que ir al cuarto de mamá, tienes que ver esto-, la curiosidad me intrigaba por lo que nos dirigimos allá rápidamente. Para nosotros el cuarto de nuestros padres estaba terminantemente prohibido el ingreso, era como un templo inexpugnable libre de niños curiosos y esta era la oportunidad de ver sus secretos.
Robert sólo vivía con su madre por lo que todo en ese espacio evidenciaba " el toque femenino", sábanas color rosa, tonos pasteles, la verdad nada del otro mundo. Cuando ingresamos al baño en seguida Robert abre el gabinete tras el espejo donde se observa una caja rectangular que contiene algunos cilindros blancos como forrados en algodón con unas mechas: sin dudas, ¡encontramos sus fosforitos!
Estábamos intrigados y al mismo tiempo fascinados, ¿por qué la mamá de Robert esconde esos petardos tan raros en su baño? tenemos que usarlos le dije a Robert, vamos a tomar uno y lo hacemos estallar en la plaza, vamos rápido antes que llegue tu mamá. En la plaza vimos un mojón de perro, sin decirnos nada entendimos que era allí donde debíamos hacer la prueba de estallido del "fosforito de mamá" (así lo bautizamos).
Lo colocamos cual vela en un pastel de cumpleaños, Robert saca la caja de fósforos de su bolsillo (nunca sale sin ellos) y acto seguido enciende la mecha y.... ¡nada!... Decepción total. El fosforito estaba dañado dijo Robert, ¿a quién se le ocurre usar algodón para hacer petardos?. En el fondo eramos niños con consciencia, no podíamos permitir que la mamá de Robert fuera estafada tan vilmente. A sabiendas que nos esperaba un gran regaño (y seguramente castigo) le advertimos a la señora que cambie de marca de petardos porque los que tiene escondidos tras el espejo del baño no explotan, son muy malos, debe exigir que le devuelvan el dinero. La carcajada de la Mamá de Robert se escuchó por toda la calle.