Hay giros que la vida te da cuando menos los esperas, si alguien me hubiera dicho hace unos meses que mi lugar de trabajo de hoy estaría llena de polvo, olor a pintura y el ruido constante de una construcción, probablemente no le habría creído, pero aquí estoy, y lo más sorprendente de todo no es el lugar, sino quién me da las órdenes.
Hoy, mi esposo es mi jefe.
Él ha sido designado como el encargado de una obra en construcción, una casa que crece día a día entre bloques y vigas. Yo, por mi parte, tengo el reto de mantener el orden y la limpieza al lado de un excelente compañera en un entorno que parece declararle la guerra a la pulcritud
Entre el cemento que se adhiere a todo y el polvo que vuela con el viento, mis manos se mueven al ritmo de su supervisión.
Lo increíble de esto no es solo el trabajo físico. Es el tiempo, durante años, cada uno estaba sumergido en lo suyo; yo dedicada a mis espacios, a mi propio mundo, a mi hogar con mis hijos, casi no coincidíamos.
Hoy, la vida nos ha puesto en el mismo terreno, trabajar juntos ha sido un descubrimiento; ver su liderazgo de cerca y apoyarlo me ha permitido compartir con él mucho más de lo que jamás imaginé, ahora tiene el tiempo de cuidarme , de ayudarme en todo y veo como me ama como la primera vez que nos conocimos hace 18 años.
Incluso hemos tenido que superar barreras externas. Todos sabemos que en muchos lugares no se permite que una pareja trabaje en el mismo sitio, sin embargo, los dueños de esta casa han visto algo en nosotros que va más allá de las reglas: nos han delegado su absoluta confianza, han entendido que somos un equipo, no solo en la casa, sino también en el esfuerzo.
Pero no todo es color de rosa, y ahí es donde el corazón se me aprieta un poco.
La transición en mi hogar ha sido dura, dejar a mis hijos bajo el cuidado de mi mamá fue un choque necesario pero doloroso, al principio, el proceso de adaptación fue una batalla: días en los que no querían comer, caritas tristes que se quedaban en la puerta. Aunque sé que están en las mejores manos, el sentimiento de culpa de una madre es un ruido que no se apaga fácilmente.
Cada mañana, me levanto cuando el sol aún no sale, dejo el desayuno listo y el almuerzo preparado, intentando que ese sabor de "mamá" se quede con ellos durante el día mientras yo no estoy.
Me voy a la obra sabiendo que cumplo con mi deber, pero con la plena conciencia de que les hago falta, tanto como ellos me hacen falta a mí.
Escribo esto mientras me sacudo un poco de polvo de la ropa, y me limpio los ojos pensando en que, al final, no solo estamos ayudando a construir una casa, estamos construyendo una nueva etapa para nosotros, con sacrificios que hoy pesan, pero con la esperanza de que, mañana, estos cimientos sean los más fuertes que hayamos tenido nunca.
Gracias a todos por su apoyo nos leemos en un próximo post , todas las fotos sn se mi autoria y la portada fue editada en canva