El dolor no siempre es un grito; a veces es un zumbido eléctrico que no te deja dormir. Mi neuritis no cedía ante los fármacos. Las pastillas, diseñadas para mentes y cuerpos estándar, caían en mi sistema como piedras en un pozo sin fondo. No hacían nada. Los médicos me miraban con esa mezcla de lástima e incredulidad, sugiriendo que "quizás era solo ansiedad". Pero la ansiedad no te quema los nervios desde adentro.
Ser autista ,es como tener demasiadas pestañas abiertas en un ordenador que se sobrecalienta. Todo es ruido. El roce de la ropa, el tono de voz de los demás, las luces blancas del hospital... todo dolía. Mi cuerpo se sentía como una casa ajena, un lugar donde yo era un inquilino no deseado.
Esa noche, cuando el incendio en mis nervios era insoportable, decidí probar algo diferente. No fue una receta médica, fue un acto de intuición pura. Me puse el packer por primera vez.
El efecto fue inmediato y casi aterrador por su sencillez. Sentir ese peso, esa presencia física que mi cerebro siempre había esperado encontrar, apagó el incendio de mis nervios. Fue como si, por primera vez en mi vida, alguien hubiera bajado el interruptor de una alarma que llevaba años sonando.
Sentí cómo mi respiración, que siempre había sido corta, rápida y atrapada en lo alto del tórax -una respiración de pánico constante-, finalmente bajó. Mis pulmones se expandieron hacia el abdomen, llenándose de un aire que por fin llegaba a donde debía. Al sentir ese inflarse y desinflarse pausado de mi vientre, la tensión se rompió.
Las lágrimas empezaron a correr sin permiso. No eran lágrimas de tristeza, sino de un alivio tan profundo que dolía de una forma distinta. Lloré por el niño que no entendía por qué todo le quemaba, por el hombre que intentaba ocultarse, y por la paz que acababa de encontrar . Mi cuerpo, que siempre había sido una zona de guerra, firmó una tregua.
Aquel día comprendí una verdad amarga: el mundo prefería verme enfermo y dopado antes que libre y diferente. Mis parejas me pedían que "me calmara", los médicos me pedían que "me medicara", pero nadie me pidió que simplemente "fuera". Al cerrar los ojos esa noche, sin el ruido eléctrico quemándome el pecho y con el abdomen moviéndose al ritmo de la vida, tomé la decisión más lógica de mi existencia. Iba a dejar de intentar encajar en sus cajas rotas. Iba a construir mi propio código.
Me llamo Keneth, y este es el inicio de mi silencio.
"Imagen generada por IA bajo mi dirección para representar mi proceso".
A veces me cuesta organizar mis ideas para que otros me entiendan, así que usé una IA como apoyo para estructurar este post y que mi mensaje sea claro."