Para empezar, viajar a otro estado es un estrés total, sobre todo si vas en autobús o coche. No entiendo a los que se estresan en avión, porque, sinceramente, ¿para qué meterse en un bus lleno de gente, apretado como sardina? Las probabilidades están en tu contra: si eres flaco, prepárate para que te aplasten; y si te toca alguien que huele mal… bueno, mala suerte.
Y ni hablar de la mamá desesperada con tres o cuatro niños, rogándote que cargues a uno en tu regazo. Todo para ahorrar en pasaje y poder acomodar a los demás que no puede cargar. En esos momentos, lo único que quieres es llegar vivo al destino, porque el viaje deja de ser un viaje y se convierte en un reto de supervivencia.
Imagen generada por ChatGPT.
Viajar en transporte público también puede ser estresante y caótico, porque si no llegas temprano al paradero para asegurarte un asiento o un viaje, corres el riesgo de quedarte varado todo el día, contando tus probabilidades, sopesando tus opciones y, finalmente, dándote cuenta de que volver a casa es tu única opción.
Otra alternativa es sobornar a los conductores del bus o a los “agberos”, como les llamamos aquí, para asegurarte un asiento. En el peor de los casos, terminas apretado con otras personas en el transporte público, y créeme, supera con creces la capacidad del vehículo. Me parece absurdo: ¿por qué pagar de más para sufrir incomodidad y ser aplastado como sardina en lata? Prefiero pagar un poco más por comodidad o no subir al bus y probar suerte otro día.
Además, nadie habla del “dolor de glúteos” que viene con sentarse tanto tiempo en transporte público (sí 😭😭😭, no voy a mentir). Me pasé ajustándome constantemente hasta encontrar una posición o postura que redujera la presión y la incomodidad.
Lo más bonito de este viaje son las hermosas montañas, que desearía haber podido capturar, pero no lo logré. Una razón es que no quería verme raro frente a todos esos viajeros y recibir esas miradas fulminantes. Cuando era más joven, siempre esperaba con ansias ver esas montañas, pero ahora, siendo mayor, me he dado cuenta de que no eran tan bonitas como me parecían de niño. Solo eran montañas… ya no me dan esa sensación etérea que sentía de pequeño.
Para rematar, fue un viaje muy estresante, pero estoy agradecido de no haberlo tenido que pasar solo. Mi hermano menor estaba conmigo y su compañía hizo que el viaje fuera un poco más cómodo e incluso más divertido. Llegamos a casa alrededor de las 3 de la tarde, y eso por sí solo ya hizo que todo pareciera una victoria.