Desde joven, mi amigo Horacio me inoculó la pasión por este deporte tan difícil como apasionante y adictivo. Ya no recuerdo en que momento me llevó por primera vez a un driving range, si recuerdo sus palabras exactas cuando ingresamos por primera vez a ese lugar, me dijo: - tenemos que aprender a jugar a esto.
Ahora que lo pienso bien, también fue el quien me introdujo en la pesca con mosca, yo era pescador desde toda la vida, ya he comentado que entre mi padre y mi abuela me enseñaron mis primeros palotes con los sedales y anzuelos cuando apenas tenía 5 o 6 años de edad, cuando comencé el colegio tuve la gran fortuna de conocer a Horacio, desde aquel momento somos amigos y llevamos la cuenta que tenemos 60 años compartiendo momentos de todo tipo.
En alguna fecha que ya no recuerdo la que por entonces era novia de Horacio viajó a Francia e Inglaterra, tampoco recuerdo el motivo del viaje pero si que le trajo de regalo una caña, una línea y un reel para pesca con mosca que compró en las famosas galerías Lafayette en pleno París. Como no conocía nada del tema (y nosotros no la ayudamos demasiado dado que solo sabíamos algunas pocas cosas leídas en revistas especializadas), el vendedor de aprovechó de ella y le vendió algo que no nos servía, pero esa es otra historia.
Pero volvamos al golf, luego de tomar clases durante varios meses con un profesor llamado Medina, estábamos preparados para dar el gran salto a una verdadera cancha y así lo hicimos, aprovechamos unas vacaciones en Pinamar y por contacto de nuestro profesor con el capitán de esos links ubicados en ese bello lugar turístico, conseguimos que nos prestara un equipo de palos completo y hasta contratamos un caddie, un niño de unos 12 años muy flaco, no me pareció que podría con semejante peso pero enseguida comprendimos que venía haciendo ese trabajo desde hacía tiempo y no tuvo ningún inconveniente en cargar con todo durante los 18 hoyos. Por supuesto el score no lo recuerdo, pero debe haber sido un total desastre.
Con el paso del tiempo y debido a nuestros complejos trabajos y otras obligaciones como la de casarnos, formar una familia y un hogar, el golf quedó relegado, casi olvidado por más tiempo de lo que hubiéramos queridos. Pero la vida siempre da sorpresas y en los primeros años del nuevo siglo tuvimos junto a mi esposa una buena temporada económica y decidimos invertir en la compra de un lote en un club de campo que tenía una bella cancha de 9 hoyos, muy bien cuidada y mantenida, la principal particularidad estaba dada por que en su diagrama había 7 hoyos de par 3 y dos de par 4. Yo no lo sabía entonces, pero existen varios circuitos en el país que realizan sus torneos en campos que solo tienen hoyos de par 3 y hasta hay un hándicap diferenciado para campos standard de 18 hoyos y campos que solo cuentan con hoyos de par 3.
El club de campo al que me incorporé como socio pleno al adquirir el lote me permitió jugar en el equipo que lo representaba en uno de esos circuitos integrado casi exclusivamente por clubes de campo y algunos otros clubes sociales que tenían es tipo de canchas.
Me entró un nuevo y renovado entusiasmo por este hermoso deporte y gracias a que en aquel momento trabajaba en forma independiente, podía acomodar mis horarios a placer, lo aproveché al máximo para ir a practicar cuanto podía, en ocasiones hasta 3 veces a la semana me daba una vuelta por el alguno de los driving range con que cuenta la Capital Federal, y también una o dos veces a jugar; tuve la suerte de enterarme que uno de los socios de mis principales clientes jugaba golf en forma periódica y no hizo falta demasiadas conversaciones para ponernos de acuerdo y salir a jugar juntos.
En poco tiempo logré un significativo avance y logré en mi mejor época tener 17 golpes de hándicap standard y 13 para par 3, bastante bien según mis propios parámetros.
En mi segunda temporada ganamos el torneo intercountries del circuito de par3 y fui no solamente integrante sino también titular en casi todas las fechas disputadas. El capitán era quizás un poco injusto y siempre ponía a los que mejor estaban rindiendo, aunque había algunos suplentes que se merecían jugar, al menos en algunas ocasiones, por supuesto que eso hubiera quizás perjudicado el desempeño y el resultado final le dio la razón, ganamos un torneo compuesto por casi veinte equipos, algunos de ellos con jugadores de gran nivel, todo un logro.
Dado que la situación económica de mi familia volvió a transitar por canales más normales, no pudimos concretar nuestro proyecto de construir una casa de fin de semana en ese hermoso predio, quizás si la bonanza hubiera continuado un par de años otro habría sido el destino de ese lote, pero tuvimos que venderlo.
Continué jugando, ya no tan regularmente hasta un poco antes de que comenzara la pandemia de Covid-19, al volver a un trabajo con obligaciones horarias los tiempos no estaban a mi disposición, era mas bien al revés.
Este años, con el fin del confinamiento, las restricciones y con cuatro dosis de la vacuna había decidido retomar la actividad, pero mi problema de salud de hace unos meses me lo impidieron, ahora, con autorización de mi cardióloga, o mejor dicho con su recomendación, estoy tratando de volver y tengo un nuevo compañero, mi yerno que hace tiempo quiere aprender a jugar.
El sábado pasado se presentó un día espectacular, bueno, a partir de las nueve de la mañana por que hasta esa hora estuvo lloviendo, sin embargo, el pronóstico no se equivocó esta vez y a esa hora se despejó y el fuerte sol de la avanzada primavera hizo su trabajo. Allá fuimos, desempolvé mis queridos, aunque ya un tanto pasados de moda Callaway y comenzamos a practicar, yo tratando de que mi memoria muscular recordara algo de la antigua técnica y mi yerno haciendo lo que podía con mis seguramente malas enseñanzas.
Me sorprendió no haber olvidado muchas cosas y algunos tiros fueron bastante buenos, inclusivo uno con el driver, solo hice un tiro con ese tan difícil palo y salió perfecto inmediatamente lo guardé para quedarme con esa sensación. Bastante bien para alguien que ya hace rato pasó los 60 y que llevaba más de 4 años sin hacer un swing. Por ahora solo en un campo de práctica pero pronto será en una cancha de verdad.
Mi amigo Horacio allá lejos en la Patagonia se puso contento por mí, cerca de donde vive no hay campos de golf y para poder practicar debería hacer 120 kilómetros al menos. Pero también para el vendrá su oportunidad, esto seguro de ello.