Omar y yo, siempre compitiendo uno contra el otro por ser el mejor. La competitividad estaba en nuestro ADN, todo lo que uno hiciera el otro lo quería superar: aprendí a manejar la bicicleta, Omar se picó y aprendió a hacerlo con una mano para luego yo demostrarle que puedo hacerlo sin las manos en el manubrio y bueno, seguir en una espiral que terminó con ambos fracturados y un par de dientes menos.
Imagen de Pal-Item
Sí, amaba a mi hermano pero simplemente no podía dejar de competir contra él, igualmente Omar sentía lo mismo, teníamos esa necesidad eterna de ser el mejor. Nuestro padre nos transmitió el amor por el béisbol desde chicos, ambos soñábamos con las Grandes Ligas, yo con los Yankees y Omar con los Medias Rojas, él como pitcher yo como bateador.
Fuimos creciendo y desarrollando nuestro juego, ambos nos hicimos los mejores prospectos de las ligas menores, él como lanzador derecho y yo como uno de los jardineros más seguidos por los scouts de las mayores. Todos los cazatalentos iban a los juegos de los Seminoles de Tallahassee, mientras que mi hermano se esforzaba mucho pero seguía estancado con su equipo, los Castores de Chatanooga. Sentía la sensación amarga de mi hermano porque jugaba en un pueblo perdido en el mapa de los Estados Unidos mientras yo me hacía un nombre en la capital del Estado de Florida, cerca de Miami, donde soñábamos con vivir.
El destino es un gran caprichoso, Seminoles y Castores se enfrentaron en una serie empatada a tres por lo que este, el séptimo y último partido decidía todo. Todos los equipos de Grandes Ligas enviaron a sus observadores al evento, muchos de ellos me contactaron pero yo esperaba por el de los Yankees, esta era la última oportunidad para lucirme ante él. Por otra parte Omar, aún no había lanzado bola alguna hacia el home, tenía la esperanza de realizar una actuación memorable que hiciera voltear las miradas hacia él, que el mundo presencie (o al menos el representante de los Medias Rojas) la gran estrella que es.
Ese momento llegó, por fin el mánager de los Castores lo llama para cerrar el partido, es el único lanzador derecho disponible con el que contaban para el 9º inning, el problema radica en que pese a ir ganando 3-0 le esperaban en el campo un rival en cada una de las bases pero a un sólo out de su sueño, una situación poco agradable para otros lanzadores aunque era lo que Omar quería, al fin el mundo vería lo talentoso que puede ser.
Quizás un capricho del destino o un guión divino, lo cierto es que el bateador que debe enfrentar Omar para lograr su sueño de gloria era la persona que mejor lo conoce en la vida: yo su hermano. Hice algo que Omar y nadie esperaba: me coloqué del lado zurdo del diamante, de manera que pudiera ver perfectamente el brazo derecho del Pitcher. Nadie lo sabía, pero estuve entrenando en secreto mi bateo a la zurda y aproveché esta oportunidad para exponer esa habilidad oculta.
Lo vi en su mirada y en sus gestos cuando calentaba el brazo, Omar estaba desconcertado, el resto del mundo no lo nota pero yo sí, cuando guarda la bola en su guante y empieza a mover sus dedos sobre su muslo es señal de incomodidad, yo creería más bien de incredulidad. Primer lanzamiento: recta de humo en la esquina derecha que el principal canta strike, segundo lanzamiento otra recta de 100 millas por hora, también hacia afuera que significó el segundo strike, nunca había lanzado tan duro en su vida,también estoy sorprendido.
Pero lo conozco, a Omar le gusta retarme, desde chicos siempre hacía lo mismo: "Si me vas a ganar que sea con mi mejor lanzamiento" y obviamente su mejor pitcheo es esta recta meteórica que estoy conociendo. Me retiré de la caja de bateo por unos segundos, miré al cielo, luego observé mi bate, volví a mi posición y me quedé mirando fijamente a Omar, bola en guante y dedos bailando locamente, su cuerpo me lo dice, va a repetir el lanzamiento.
Las cartas estaban echadas, sus movimientos le delatan, cuando apenas lanzó la bola ya yo estaba preparado. Abaniqué con toda mi fuerza el bate de donde salió un proyectil blanco que perforó el cielo donde se instaló junto con las estrellas. Se acabó, mi cuadrangular con las bases llenas decretaba la victoria de los Seminoles 3 carreras a 4, fui elegido el más valioso de la serie situación que motivó a los Yankees extender una oferta millonaria para jugar con ellos, al fin, seré un big leaguer.
Pasaron tres días desde ese inolvidable batazo, no sabía nada de mi hermano, no quise llamarle porque sabía que yo era la última persona con la que él quisiera hablar, por lo que esperaba que Omar tuviera la iniciativa. En la noche suena el teléfono, era mi novia pidiendo que encendiera la tele, intrigado pregunté si sucedía algo y no quiso decirme, se limitó a decirme que viera las noticias. En todos los canales resaltaba la noticia: "Tragedia en el béisbol, Omar Vargas prospecto de los Castores de Chatanooga se suicidó de un balazo en la cabeza.
La culpa recorría cada célula de mi cuerpo, una y otra vez soñaba la misma pesadilla, Omar moviendo sus dedos locamente sobre su muslo mientras yo halaba el gatillo del arma que apunta su sien. Despertaba cada mañana sudando y gritando: -Fui yo, yo lo hice-, sabía que no le puse la pistola en la cabeza pero no dejaba de pensar que por mi causa él tomó esa drástica decisión.
Desde entonces no he vuelto a tomar un bate o una bola, ni recorrido las cuatro bases, el béisbol, los Yankees, las Grandes Ligas ya no tenían sentido para mi, lo odio con todas mis fuerzas. Ahora yo, el que alguna vez fue el mejor prospecto de su generación, la futura estrella del más grande equipo del mundo, dispuesto a ser el rey de Nueva York ahora vendo autos usados, ganando un sueldo de miseria pero sin arrepentimientos. Lo único malo es que mis hijos adoran ese maldito juego, no bastaron regaños ni prohibiciones, la historia de Omar y yo se vuelve a repetir.