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Si hay un pueblo en el mundo muy creyente en asuntos esotéricos, cabalísticos o de mal agüero en los deportes sin duda el de los Estados Unidos tiene mucho que decir, y en asuntos deportivos estas expresiones se manifiestan de las formas más pintorescas. No escatiman en creencias para alejar la mala suerte de sus equipos, que si usar la misma ropa interior, evitar lucir el número 13, no pisar las rayas de cal al entrar hacia el terreno de juego entre varios métodos para alejar la "pava".
Por supuesto el beisbol no escapa de esta idiosincrasia tan propia de los estadounidenses, más aún siendo uno de los pasatiempos nacionales del país norteamericano las historias de "mala pata"se pueden contar por montones, sin embargo la más pintoresca de todas sin duda la representa la llamada "maldición de la cabra", que involucra a los Cachorros de Chicago uno de los equipos más populares de las Grandes Ligas, el dueño de un bar y por supuesto, Murphy, el celebre caprino protagonista de esta singular evento.
Siempre escuchamos esa popular frase que dice "no hay mal que dure 100 años" pero en el caso de la cabra Murphy su mala influencia sobre los Cachorros de Chicago duró 108. Si bien los acontecimientos sucedieron en el año 1945 (71 años antes del fin de la pava con la victoria del equipo de la ciudad de los vientos en el año 2016), tanto la prensa como el pueblo le atribuyen esta especial sequía de triunfos a este particular animalito y a su excéntrico amo.
Todo comenzó minutos antes del inicio del cuarto juego de la serie mundial que involucraba a los locales Cachorros de Chicago contra los Tigres de Detroit. Había mucha expectativa en la ciudad de los vientos dado que su equipo estaba arriba en la serie 2 a 1, tenían altas posibilidades de coronarse campeones en su propia casa. William Sanis, dueño de un popular bar en la ciudad, no se quiere perder este acontecimiento y se acerca con su peculiar mascota Murphy al torniquete principal del estadio, por cierto, tanto él como la cabra tenían sus respectivos boletos por lo que Sanis consideraba que no tendría problema alguno para disfrutar del juego en el estadio junto con su mejor amigo.
Desafortunadamente para ambos el ingreso de Murphy fue negado, no por el hecho de no ser una persona sino por las quejas del público sobre el hedor del animal. Por mucho que Sanis defendió el derecho de ingreso a su mascota todo fue infructuoso, la orden directa del dueño del equipo al personal de seguridad era tajante: la cabra no entra. Ante el hecho Sanis optó por amarrar a Murphy al torniquete y acto seguido abandonó el estadio para posteriormente retornar profiriendo las siguientes palabras escritas en una nota: "los Cachorros de Chicago nunca ganarán la serie mundial hasta que dejen pasar a mi cabra" y acto seguido desata su cabra y ambos se van a su bar.
Una vez consumada la derrota de los Cachorros el señor Sanis junto con su cabra envía un telegrama al dueño del equipo en donde se expresa lo siguiente: "¿Ahora quién apesta"?