Hoy es jueves, «𝐞𝐥 𝐜𝐮𝐞𝐫𝐩𝐨 𝐥𝐨 𝐬𝐚𝐛𝐞», 𝐞𝐥 𝐝𝐢́𝐚 𝐝𝐞𝐥 #𝐓𝐁𝐓. Mientras los últimos rastros del invierno en Ontario comienzan a ceder ante la promesa de la primavera que llegará este 21 de marzo, me he detenido un momento. Entre los preparativos para la nueva estación y el ajetreo diario, me puse a buscar una imagen que rescatara un pedazo de mi corazón. Al azar, como si el destino quisiera recordarme lo que verdaderamente importa, apareció esta foto de Matthew...
La plenitud de la felicidad
Fue el verano pasado, en 2025. Recuerdo perfectamente la mezcla de ansiedad y vacío que experimenté durante esas ocho semanas. Ocho semanas en las que la casa se sintió demasiado grande y el silencio demasiado ruidoso. Matthew estaba en su campamento de verano, viviendo sus propias aventuras, pero para un padre, ese tiempo es una eternidad de preguntas sin respuesta y de abrazos guardados en el alma.
El día del regreso, me encontraba en el centro de la ciudad, justo donde las unidades de transporte dejaban a los niños. El calor de agosto vibraba en el asfalto, pero nada superaba la agitación que sentía en el pecho. De pronto, lo vi bajar. Antes de que mis ojos pudieran enfocarlo bien, su voz cortó el aire con una fuerza que me devolvió la vida.
—¡Papá! ¡Papá! —gritó Matthew, corriendo hacia mí con esa energía inagotable que solo tienen los niños felices.
En ese instante, el mundo alrededor se detuvo. Al estrecharlo contra mí, sentí su olor a sol, a bosque y a libertad. Me decía que me había extrañado, mientras yo, con un nudo en la garganta, apenas podía articular palabras para describir la emoción indescriptible de tenerlo de vuelta. "Ya estás aquí, campeón. Ya estás en casa", fue lo único que logré susurrar, sintiendo que mi mundo volvía a estar completo.
Al llegar a casa, la adrenalina del reencuentro finalmente le pasó factura. Matthew intentó contarme mil anécdotas sobre las fogatas y los juegos, pero el cansancio de ocho semanas de actividad constante era superior a sus ganas de hablar. Se acercó a mi escritorio mientras yo intentaba ponerme al día con unos asuntos, y allí, sin previo aviso, el sueño lo venció.
La foto captura ese instante preciso. Su rostro sereno, entregado al descanso más profundo, reposando sobre el borde de mi espacio de trabajo. Me quedé observándolo por largos minutos, maravillado por su salud, por su crecimiento y por esa confianza absoluta que tiene un hijo al saberse protegido. Verlo allí, tan vulnerable y a la vez tan pleno, me recordó que mi escritorio no solo sostiene papeles o computadoras, sino que es el altar donde mi hijo decide descansar porque se siente seguro a mi lado.
Con la delicadeza que solo el amor de un padre conoce para no romper el hechizo del sueño, lo tomé en mis brazos. Sentir la calidez de su cuerpo y la armonía de su respiración mientras lo conducía a su cama fue el cierre perfecto para un día inolvidable. La primavera está por llegar a Ontario y el ciclo de la vida continúa, pero aquel verano de 2025 y el eco de su voz gritando "papá" vivirán en mí como un sol que jamás se pone, recordándome que el hogar no es un lugar, sino el latido compartido con quienes más amamos.
Si quieres participar, me parece que aún estás a tiempo, tienes hasta las 11:59 pm de HOY JUEVES, así que apúrate y recuerda cumplir las reglas.
ℂ𝕠𝕟𝕔𝕦𝕣𝕤𝕠 𝕕𝕖 𝕋𝔹𝕋 - 𝕌𝕟 𝕕𝕚́𝕒 𝕕𝕖 𝕖𝕤𝕠𝕤.
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A ver si se animan, las amigas
y
, y el amigo
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