Siempre que veo una foto de unas “Catalinas” o “Cucas” como le llamamos en el estado Lara, viene el recuerdo de mi papá, aunque él les llamaba “Paledonias”, es que este era su postre, merienda o antojo favorito, pues siempre que iba a una panadería o bodega no pedía otra cosa que no fuesen estas, no sé cómo se podrían definir, pues son como una fusión entre un pan y una galleta, pero lo cierto es que están en el punto medio en que no se consideran tan dulce como un pastel d pero tampoco está al nivel de sustituir una comida, es como una gusto que nos podemos permitir sin sentir mucho remordimiento, siempre tienen un punto exacto de dulzor que no es empalagoso, aunque pueden variar su tamaño, nunca decepcionan, pueden saciar el hambre pero tampoco dejan el estomago completamente lleno por lo cual se pueden disfrutar plenamente como algo que sirve para esperar la comida más tarde.
Por supuesto aquí en estas latitudes siempre son el mejor como acompañante del café, razón por la cual mi familia siempre acostumbra a llevar un paquete de catalinas cuando va a visitar a otro familiar, pues es casi una norma de cortesía llevar algo para que la visita solo ponga el café, en este sentido, recuerdo que desde niña antes de ir a visitar a mi abuelo en el campo, debíamos hacer una parada obligatoria por una pañería de dueños italianos en mi ciudad, allí vendían en aquel tiempo las mejores catalinas, hasta el día de hoy me sigue causando curiosidad como ellos siendo de origen extranjero lograron obtener tan buena técnica en la fabricación de Catalinas, aunque lamentablemente esa panadería cerró hace poco tiempo luego de varias de décadas sirviendo las mejores catalinas.
Esta es mi entrada al Concurso. Observa Piensa Escribe.