La red de la esperanza.
Bajo el sol radiante del amanecer, que broncea la piel y el alma, el pescador no solo se enfrenta al Mar Caribe; lo abraza con la certeza que nadie vence al mar en soledad. La red que va emergiendo, cargada de sustento y de esperanza revela una verdad más profunda de nuestra identidad oriental: La fuerza no reside en el brazo individual; sino en el ritmo acompasado de un equipo.
Jalar una red, una de las principales faenas de la pesca, es un acto de fe colectiva. No hay espacio para el egoísmo cuando el peso del sustento de todos depende de la tensión que le ponga el compañero que tienes a tu lado. El pescador sabe, que si uno suelta, todos pierden. Por eso su mano siempre está extendida, su hombro siempre está listo para el apoyo. Esa solidaridad no es un accesorio, es su esencia.
Esta imagen me hizo recordar, que siendo un adolecente estando de vacaciones en Pampatar en la isla de Margarita, una madrugada llego un barco sardinero, y muchas personas corrían a la orilla para jalar el tren. Por la curiosidad y por la emoción de esa actividad nos sumamos al grupo. No es nada fácil eso de jalar un tren. Al final de la jornada el capitán dio permiso para que todos los que trabajaron pudieran ingresar al agua de la playa y con tobos o baldes podías coger la cantidad de sardinas que pudieras cargar. Fue un día épico.
Hoy, creo que nuestro país, Venezuela, es como esa orilla con un nuevo amanecer. El oleaje y la carga ha sido fuerte, pero la solución no está en esfuerzos aislados. Necesitamos entender que esas viejas prácticas del individualismo, de querer ser más que los demás hay que dejarla atrás. Frente a la marea debemos ser un solo equipo.
Al igual que el pescador que suma su hombro y deja su rastro en la arena junto a su hermano, no necesitamos segundos libertadores, necesitamos trabajo en equipo. Porque cuando todos movemos la red en unas misma dirección, esta se llena de prosperidad y de esperanza.
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