
Mario llegó a la habitación del pabellón infantil, sumamente cansado, tenía horas de trabajo continúo en el quirófano, realizando una intervención muy delicada, al entrar vio a tres niños, todos sentados en la cama de Leandro, un niño al que iban a operar esa semana. Leo, como él le decía por cariño, no podía moverse de cama por las lesiones que tenía.
-Buenas tardes, doctor. -
-Hola niños, ¿Cómo están?. -
-Bien, Doc. - Contestó Leo, el más travieso de los niños.
Mario caminó hasta el ventanal de la habitación, y observo con curiosidad la maqueta que había en la mesa de noche, de la última cama. Uno de los niños le dijo, es de María Fe, la terminó ayer en la noche, después de que usted habló con ella.
El Doctor Mario, se paró frente al ventanal y recordó con mucha tristeza, la noche anterior.
Ayer en la noche, se dijo así mismo y recordó la discusión que tuvo con Leandra, su novia, la mujer con la que pensaba casarse y formar familia. Ella se había molestado, ya que Mario se había quedado hasta tarde en el hospital, pero él no quería retirarse antes de poder hablar con la mamá y la abuela de María Fe, la niña a la que iba a operar al día siguiente.
El doctor, ya tenía en la mano los exámenes preoperatorios y la seguridad de tener asignado el quirófano para la operación de la niña, pero no había podido hablar con la mamá de María Fe, ya que ella tenía dos trabajos y casi nunca podía pasar por el hospital. Era madre soltera, su pareja la había abandonado hace mucho y Esther, la madre de la niña, cumplía el rol de padre, madre y sostén de hogar lo mejor que podía. Por otro lado, estaba la señora Olga, la abuela de la niña, era una mujer encantadora y muy dulce, ella casi siempre estaba en el hospital con la niña.
La situación de María Fe, le recordaba a Mario su propia vida, ya que él había crecido al lado de su mamá, su tía, su prima y su abuela. El padre de Mario, había muerto y su tío, había abandonado a su tía y a su prima y él nunca lo conoció. Esta similitud, entre su vida y la vida de María Fe, había hecho que él se involucrara más en el caso de la niña, quien además era una persona encantadora.
A diferencia de Mario, que venía de una familia humilde y trabajadora, Leandra venía de una muy buena familia, era periodista y había hecho grandes planes y para su vida y la de Mario, pero sin consultarlos con él. Si es cierto que Leandra era una buena mujer, tenía también el defecto de ser soberbia, pedante y clasista.
La pelea con Leandra se había generado, ya que ella le quería presentar a unos amigos médicos de su papá. Leandra, soñaba con el hecho de que Mario tuviese su propia clínica, además quería que él dejara el hospital y trabajara solamente en el sector privado. Sin embargo, Mario no estaba en nada de acuerdo con esta idea, amaba a los niños y amaba el trabajo que hacía en el hospital. Y cada vez que su novia le decía que debía dejar el hospital, Mario le recordaba la razón por la cual se había hecho médico.
Mario, había quedado con las señoras Esther y Olga, les dijo que iba a esperarlas a las 7 de la noche para hablar con ellas, informarles todo lo concerniente a la operación de la niña y le había concedido un permiso especial, para que las dos mujeres pasaran un tiempo con la niña en la noche, dado que Esther no podía estar en la mañana, cuando su hija entrara al quirófano para la operación y la situación la tenía en extremo angustiada.
Leandra, se había presentado en el hospital y le exigió a Mario que se fuera con ella. Mario le dijo que no podía, ya que tenía un compromiso con las dos señoras y Leandra, se puso de muy mal humor, le gritó, lo insultó y le dijo delante de la abuela de María Fe, que él debía decidir en ese instante, si iba a seguir con ella y hacer una vida junto a ella, o si se quedaría en el hospital para hacer el papel de santo, siendo mal pagado y preocupándose por los hijos de gente que él no conocía.
Mario trató de razonar con Leandra, pero está se negó a escucharlo y terminó dándole la espalda y dejándolo con la palabra en la boca, al irse molesta del hospital. La señora Olga, que había presenciado la escena, se acercó a Mario, le puso la mano en el brazo y le dijo, por favor doctor, “disculpe que por culpa de mi familia, esté usted pasando por una situación tan incómoda”.
Los ojos y la humildad de la señora Olga, le recordaron a Mario los rasgos de su amada abuela. En el momento que Mario le iba a responder a la señora Olga, llegó Esther corriendo y saludando a su madre y al doctor.
Mario habló con las dos mujeres, les explicó lo que iba a hacer en la operación, cómo pensaba acomodar el problema de la columna de María Fe y después de garantizarle a Esther que todo estaría bien en más de una ocasión, acompañó a ambas hasta el pabellón infantil. Cuando la familia se reunió y estuvieron las tres juntas unidas en un abrazo triple, Mario sintió, como se le rompió el corazón al recordar, la misma escena pero con su familia, en la cama de un hospital veinte años atrás.
Mario se despidió, le dijo a María Fe, que se verían en la mañana, la niña de repente se paró frente a él, le hizo señas para que se agachara para decirle algo al oído y le dijo con su hermosa voz infantil, “no te preocupes todo va a salir bien” le dio un beso en la mejilla a Mario y le abrazo el cuello mientras lo hacía.
Al día siguiente Mario, uno de los mejores médicos traumatólogo y ortopedista del país, pasó más de 4 horas operando a Maria Fe, para devolverle la salud. Al terminar la operación y ver que todo había salido bien y que la niña estaba estable, él había subido a la habitación para darle la noticia a la señora Olga y tal vez a la señora Esther, quien le había dicho que se iría al hospital, apenas terminara su guardia en el trabajo.
Mario, parado frente al ventanal de la habitación del hospital, estaba absorto en sus pensamientos, había recordado toda la situación de la noche anterior y ahí, frente al ventanal, recordó que hace unos veinte años atrás, en una situación muy parecida a la actual, tres mujeres y un niño, estaban abrazados, llorando y llenos de expectativas, dado que su prima se había caído por las escaleras y en ese momento yacía en la cama de un hospital sin reaccionar.
Mario, que era un muchacho de unos doce años en ese momento, vio como entró el médico, como atendió a su prima y vio la cara de felicidad, paz y tranquilidad, en las tres mujeres que más amaba, su madre, su tía y su abuela, cuando el médico les dijo, que todo estaría bien y que Susana solamente se había fracturado el brazo. Ese momento, fue tan impactante en la vida de Mario, que en ese preciso momento decidió ser médico y llevar, paz, salud y tranquilidad a cuantas personas y familias pudiese.
-Doctor, buenas tardes. -
Al voltearse Mario, vio a Olga y a Esther, juntas agarradas de la mano y esperando noticias. Cuando él les informó que todo había salido bien, que se había eliminado la desviación en la columna y que la niña había respondido de manera excelente a la operación, los gestos de agradecimiento, paz y tranquilidad que reflejaba el rostro de ambas mujeres, le recordó el de su familia, hace años atrás.
Cuando Mario se estaba despidiendo, Esther tomó la maqueta de la mesa de noche y le dijo, doctor, esto lo hizo María Fe para usted ayer, y me dijo que se lo entregara, apenas lo viera. Mario tomó la maqueta, y sintió como el abrazo dado por la niña la noche anterior le llegaba al corazón. Conmovido por el gesto intentó retirarse, y esta vez fue la señora Olga quien le dijo, “espero, que haya mejorado la situación de ayer”.
Mario puso por un momento la maqueta sobre la cama, tomo las manos de Esther y Olga y les dijo mirando hacia los niños, “Ustedes y ellos son la razón por la que soy médico, gracias por ayudarme a reafirmar lo que siempre he sabido”. Agarró la maqueta y se retiró de la habitación. Ya había tomado una decisión, jamás abandonaría ni al hospital, ni su vocación.
Gracias por leerme.
Quiero dar las gracias a por la realización de este concurso y quisiera invitar a
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