A esa cosita azul con una franja verde flúor, Rolo la llama "la zapatilla". El día que apareció en el barrio, los vecinos se asomaron por el balcón pensando que era un juguete que se le había escapado a algún nene.
El portero, siempre con el mate en la mano, le preguntó:
—¿Che, Rolo, eso se maneja o se le da cuerda?
Rolo se reía. Él estaba harto de dar vueltas cuarenta minutos cada vez que volvía del laburo para encontrar un lugar donde dejar su viejo sedán. Ahora, mientras los demás sufren buscando un hueco digno de un transatlántico, él llega, ve un espacio entre un árbol y un canasto de basura, y clava la zapatilla de trompa.
Ayer pasó lo de siempre. Un tipo en una camioneta gigante, de esas que parecen un departamento de dos ambientes, estaba intentando estacionar frente al café. Hacía maniobras, transpiraba, puteaba. Rolo venía atrás, esperó un segundo, y cuando vio que la camioneta se rendía y seguía de largo, él simplemente se deslizó en ese pedacito de asfalto que sobraba.
Se bajó, cerró la puerta con ese ruidito a plástico liviano y se sentó en la silla negra que está afuera del bar, justo donde se ve en la foto. Pidió un cortado y se quedó mirando su auto. No es el más rápido, ni el más fachero, pero es el único que duerme siempre en la misma cuadra.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.