Don Carlos pasaba todas las tardes por esa esquina de San Miguel, justo frente a la estatua, cargando su bolsa con marraquetas calientes. Siempre se detenía un segundo, no por respeto al arte, sino porque sentía que ese pajarraco de fibra de vidrio era el único que de verdad entendía cómo estaba el país.
—¿Viste eso, Condorito? —le dijo Don Carlos en voz baja, mientras un Ford blanco pasaba a toda velocidad, casi saltándose el semáforo—. Ni un "¡Plop!" nos salva ya de estos locos al volante.
Washington, el perro de piedra que siempre parece estar a punto de ladrarle a algún neumático, se quedó ahí, tan quieto como de costumbre. Don Carlos se acomodó la boina y suspiró. Ese día le habían vuelto a subir el precio del gas en el almacén de la vuelta y su señora, la Gladys, lo iba a mandar de vuelta a Pelotillehue de un puro grito cuando viera la boleta.
—Tú la tienes fácil —le murmuró a la estatua—. Ahí parado, sin pagar contribuciones ni preocuparte por el colesterol. Y con ese barril de vino al lado... quién como tú, compadre.
Unos niños pasaron corriendo y uno le tocó la nariz al Condorito "para la buena suerte". Don Carlos sonrió de lado. Se acordó de cuando él leía las revistas en el quiosco de la plaza hasta que el dueño lo echaba por mirar gratis.
Antes de seguir camino a su casa, Don Carlos se palmeó el bolsillo, sacó una moneda y, por una vieja costumbre que nadie más veía, la dejó escondida en la base de la estatua.
—Para que te compres un diario, pajarraco. A ver si mañana las noticias vienen menos fomes.
Se fue caminando lento por la vereda, dejando atrás al Condorito que, bajo el sol de la tarde en San Miguel, parecía guiñarle un ojo a todo el que pasaba, recordándoles que, aunque la vida te deje de espaldas con las patas para arriba, siempre hay un chiste que contar antes de levantarse.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.