Salí del laburo con la cabeza quemada, contando los minutos para llegar a casa, ducharme y no pensar en nada más. Caminé las tres cuadras de siempre hasta la esquina donde suelo dejar la Gilera, confiado porque es una zona con movimiento y luz.
Pero cuando doblé en la esquina de "Swami", me quedé congelado.
Ahí, atada al poste negro, no estaba mi moto. Estaba el fantasma de mi moto. Un solo círculo de rayos y caucho me miraba desde el piso, encadenado con un amor que ahora me parecía ridículo. Los tipos no se conformaron con el estéreo o la batería; directamente hicieron una cirugía mayor en plena vereda. Se llevaron el cuadro, el motor, el asiento, el manubrio y hasta la rueda de adelante.
Me dejaron la de atrás. El tercio final.
Me acerqué rascándome la nuca, buscando una cámara o un testigo, pero el tipo que cruzaba la calle ni me miró y el cartel del bar seguía ofreciendo combos de pollo como si no acabara de ocurrir una tragedia mecánica a dos metros.
Me quedé un rato largo mirando la rueda. Estaba ahí, inflada y perfecta, custodiando un pedazo de poste. Sentí una mezcla de bronca y una risa nerviosa que no podía soltar. ¿Qué se hace con una rueda sola? No me sirve para volver a casa, ni para venderla por mucho, ni para prenderla fuego de la impotencia.
Al final, me senté un segundo en el cordón de la vereda. Saqué el celular para pedirme un Uber y, mientras esperaba, le mandé la foto a mi viejo con un texto corto:
— "Che, ¿tenés lugar en el galpón? Me compré una moto, pero me falta el 66% para que camine".
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.