La vista desde mi banco es el piso de parquet. Parece recién encerado, brilla con una calidez que contrasta con el frío que hace afuera en Buenos Aires. Es curioso cómo un piso puede decirte tanto; ha soportado miles de pisadas, miles de estudiantes con prisa, con dudas, con sueños. Hoy, es mi turno de sumarme a esa cuenta.
Hace diecisiete años, mi mundo se medía en planos, cargas y resistencias de materiales en la Politécnica de Caracas. Allí las pizarras eran campos de batalla para ecuaciones diferenciales y diagramas de flujo. Todo era exactitud, estructura, un lenguaje de números que parecía lo más sólido del mundo.
Hoy, aquí en una vieja aula que conserva el encanto de lo vivido, estoy en una clase de Psicología General. Leo de reojo en la pizarra palabras garabateadas con tiza: "Texto", "Sentencia", y un "Welcome to class" que parece haber sobrevivido de una clase de inglés anterior. Un mundo de subjetividad, de lo humano, de lo que somos por dentro. Es un cambio brutal, un giro que mi yo de 25 años jamás habría imaginado.
Me gradué de ingeniero cuando algunos de mis compañeros actuales apenas gateaban. Es inevitable sentir el abismo generacional, pero no me siento fuera de lugar. He cambiado los planos por los mapas mentales, los cálculos estructurales por la búsqueda de los cimientos de la psique.
Me gusta el olor a tiza y a madera vieja de esta aula. Y ese color rosa salmón de la moldura abajo de la tiza... es particular, un toque de calidez en la seriedad académica que me reconforta. Me recuerda a algo de mi infancia, quizás el color de una casa o de un juguete.
Tengo mucho que leer, mucha teoría que digerir, y tal vez un poco de acento porteño que asimilar. Pero hoy, viendo este piso de parquet que ha soportado tantas historias, siento que mi camino, después de tanto tiempo, por fin es el correcto. Me siento joven otra vez, con la misma curiosidad, pero con la paciencia que dan los años. He vuelto a clases, y no podría estar más feliz.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.