No fue fácil juntar a todos. Entre los que querían seguir jugando al fútbol en la canchita de atrás y los que ya le estaban clavando el dedo al merengue de la torta, armar esa mesa fue un milagro.
La idea era simple: festejarle el cumple al "Colo" ahí en los asientos de cemento, sin tanta vuelta.
Alguien rescató un mantel naranja que chillaba de lejos y lo tiraron arriba de la mesa. La torta no era ninguna obra de arte, pero después de correr dos horas bajo el sol, les parecía el mejor manjar del mundo.
"¡Sentate, Edu! ¡Mirá para acá, Lucas!", gritaba la hermana de uno mientras intentaba que todos entraran en el encuadre. El de rojo, ya medio resignado, se sentó en el borde esperando que sacaran la foto de una vez para poder empezar a repartir. A la derecha, los más chicos se acomodaron como pudieron, empujándose un poco para no quedar afuera.
Al final, la foto salió así: con uno mirando para cualquier lado, el otro acomodándose el pelo y la pelota ahí tirada, lista para seguir el partido en cuanto terminaran de cantar. No hubo discursos ni grandes frases; solo el ruido de la plaza, el sabor a gaseosa barata y esas ganas de quedarse ahí hasta que se fuera el último rayito de sol. Fue una tarde más, pero de esas que, sin querer, se te quedan grabadas.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.