Nunca pensé que una simple molestia en el abdomen terminaría en una cirugía. Todo comenzó una madrugada, cuando un dolor punzante me despertó de golpe. Al principio, intenté hacerme el fuerte, convencido de que no era nada grave. Pero cuando el dolor empezó a parecerse a una tormenta eléctrica dentro de mi cuerpo, supe que no había escapatoria: tenía que ir a la guardia del hospital.
Llegué al hospital sujetándome el abdomen como si intentara contener el dolor con las manos. La sala de espera estaba iluminada con una luz blanca e implacable, y el murmullo de pacientes y enfermeros me sonaba lejano. Me hicieron pasar rápidamente para examinarme y, tras unos exámenes, el médico sentenció con la tranquilidad de quien dice que va a llover: "Tienes la vesícula inflamada y hay que operar."
En cuestión de horas estaba en una camilla camino al quirófano. Todo pasó tan rápido que ni siquiera me dio tiempo a asustarme. Recuerdo la máscara de oxígeno, la voz serena de una enfermera y luego… nada. Cuando desperté, sentí una mezcla de alivio y sorpresa. Alguien me dijo: "Todo salió bien. Y mira esto." Levanté la vista y vi algo que parecía una pequeña roca en un frasco. "Esto estaba en tu vesícula", me informaron con una sonrisa.
Nunca imaginé que dentro de mí hubiera estado creciendo semejante piedra, una especie de recordatorio de que el cuerpo tiene sus propios secretos. Ahora, cuando miro esa cicatriz en mi abdomen, no pienso en el dolor ni en la urgencia de aquella madrugada. Pienso en esa piedra y en cómo mi cuerpo decidió expulsarla, como si me estuviera dando una lección sobre dejar ir lo que no hace bien.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.