El aire olía a humedad, a desodorante barato y, de repente, a espuma de carnaval. Se llamaba la quema de carpetas, aunque ya nadie quemaba nada, era más bien un ritual de descompresión después de cinco años de exámenes, recreos fugaces y la intensa pregunta de qué iban a hacer con sus vidas.
Cuando la portera, Doña Rosa, cerró el portón amarillo de rejas –ese que en la foto apenas se ve por la nube–, sonó el silbato de Franco.
Era la señal.
De cien mochilas salieron al mismo tiempo las latas.
—¡LIBERTAD! —gritó Lucía, la delegada, levantando los brazos como si estuviera a punto de volar, empapando a su mejor amiga, Cami, que solo reía y le devolvía el ataque con un chorro directo a la cara.
La espuma era pegajosa y fría. Se pegaba al pelo, a las remeras, y hacía que el piso se volviera un patinadero resbaladizo. En medio del caos, Tomás (el de la remera blanca con letras oscuras, justo en el centro de la foto) no podía dejar de mirar el frente del edificio. Ahí, en el dintel de arriba, estaba esa placa oxidada que decía "Ministerio de Educación". Pensó en cuántas veces había mirado ese cartel con sueño, con ganas de que ya terminara. Y ahora... ahora que terminaba de verdad, le daba una punzada rara en el estómago.
Detrás de él, de espaldas, se veía a un par de adultos. Un profesor, seguro. El pelado de la remera azul claro, con ese color que solo usan los profes de educación física en las reuniones, se estaba riendo. No era la risa de un adulto serio, sino una risa de "por fin se van". A su lado, un señor más grande, con una camisa celeste, los miraba con una especie de nostalgia. Tal vez pensaba en su propia "quema de carpetas" hace mil años.
La neblina azul que se colaba por la derecha no era espuma, era humo de bengala de color que había encendido Manu, el más dramático del curso. Era el toque final. Era como si la escuela estuviera a punto de explotar de pura alegría.
Cami se acercó a Lucía, todavía con la cara cubierta de espuma, y le dijo al oído: "¿Ahora qué? ¿A dónde vamos?". Lucía se limpió los ojos con el dorso de la mano y miró a todos sus compañeros, cubiertos de blanco, gritando sus últimas batallas como estudiantes.
—A lo que siga, boluda. A lo que siga.
Y con esa simple frase, bajo la lluvia de espuma y el humo azul, supieron que la adolescencia se acababa de ir en un estallido blanco y ruidoso, justo frente al portón de su viejo secundario.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.