El médico le había dicho a Esteban sin rodeos: "Señor, tiene que dejar el azúcar y las harinas refinadas. Es por su corazón." Esteban asintió, pero por dentro sentía que le pedían que renunciara a la alegría. Su vida giraba en torno al pan recién horneado y ese pedacito de tarta de chocolate después de cenar.
La primera semana fue un infierno dulce. En el trabajo, el olor del bizcocho de la tarde que hacía su compañera Luisa era una tortura. Su cerebro gritaba: "¡Solo un bocado, Esteban! ¡Nadie se dará cuenta!". Pero él se aferraba a su manzana . La mordía con rabia.
Una noche, casi cede. Estaba solo, el antojo era un rugido en su estómago. Se encontró frente a la alacena, la mano temblando sobre el paquete de galletas de avena y pasas. Respiró hondo. Recordó la cara seria del médico y, más importante, recordó a su nieta, Ana, y lo mucho que le gustaba que él la levantara para que alcanzara las hojas más altas del árbol.
Necesitaba estar fuerte para ella.
Cerró la alacena de golpe. Cogió un puñado de nueces y se fue al salón. No fue una victoria épica, solo un pequeño, pero firme, "no" a la tentación.
Las semanas se hicieron meses. No es que el antojo desapareciera del todo, pero se hizo más silencioso, como un vecino ruidoso que por fin baja el volumen. Esteban descubrió el dulzor de la fruta de verdad y la saciedad que daban las verduras. Ya no se sentía hinchado ni cansado después de comer.
Un día, Luisa le ofreció un trozo de su bizcocho. Esteban sonrió y, sin dudarlo, dijo: "No, gracias, Luisa. Estoy muy bien con mis almendras." Se dio cuenta de que la lucha no era contra la comida, sino por el control de su propia vida. Y por primera vez en mucho tiempo, se sintió verdaderamente libre y ligero.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.