En el aeropuerto de Santiago, justo antes de tomar el avión de vuelta, les pedí que posaran para una última foto con el letrero de "Chile". Sus caritas lo decían todo. Mi hija, con su campera colgando del hombro y la mirada perdida, y mi hijo, con el buzo atado al cuello y esa expresión de "no me quiero ir", eran el vivo retrato de la melancolía.
Habían sido unas vacaciones increíbles. Días llenos de risas, paseos por la ciudad, probando comidas nuevas y disfrutando cada momento juntos. Chile los había conquistado. Pero todo lo bueno tiene un final, y ahí estaban, frente a ese cartel blanco y las estrellas, sintiendo el peso de la despedida.
Les dije que sonrieran, pero solo salió esa mueca triste. En el fondo, yo también sentía lo mismo. Mientras sacaba la foto, pensé en todos los recuerdos hermosos que nos llevábamos. Aunque en ese instante la tristeza era grande, sabía que esa imagen, con sus caras largas, se convertiría con el tiempo en un recuerdo precioso de lo bien que lo habíamos pasado. Y les prometí que volveríamos. Esa promesa fue lo único que, un rato después, logró sacarles una pequeña sonrisa antes de subir al avión.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.