Esa tarde no había nada especial que celebrar, pero me dieron ganas de compartir un ratito a solas con José. A veces, entre las corridas del día, uno se olvida de lo bien que se siente simplemente sentarse a charlar.
Fuimos a esa cafetería que nos gusta y, en cuanto nos sentamos, José se acomodó sus lentes azules con ese aire de importancia que pone a veces. Cuando el mozo trajo los cafés con esos dibujos en la espuma —un corazón para él y una flor para mí—, se quedó mirándolos un buen rato, como si le diera lástima romper el dibujo.
—¿Está bueno, José? —le pregunté mientras compartíamos un scone que estaba todavía tibio.
Él no me contestó con palabras. Dejó la taza en la mesa, me miró de frente con una sonrisa de oreja a oreja y levantó los dos pulgares. Ese es su código para decir que todo está de diez, que la merienda es un éxito y que, sobre todo, está feliz de estar ahí conmigo.
Nos quedamos un buen rato ahí, entre sorbos y risas, arreglando el mundo a nuestra manera. Al final, me di cuenta de que no hace falta un evento importante para pasar un gran día; a veces, solo hace falta un café rico y ver esos dos pulgares arriba para saber que uno está haciendo las cosas bien.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.